«Impresionanti»
20 de enero del 2020

«Impresionanti»

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En la pasada entrega de los Globos de Oro —lo mejor a la cinematografía norteamericana, en opinión de la prensa acreditada— la actriz Michelle Williams, en su discurso de ganadora, instó a las mujeres a decidir, a votar, a levantar la voz, dijo, además, «[…] es lo que los hombres llevan haciendo mucho tiempo, por eso el mundo se parece más a ellos». Maravilloso; sintetizó muy bien la correspondencia entre lo que nos gusta a los hombres y lo que hemos construido como sociedad, una a nuestro modo, con sus filias y fetiches.

Veamos un sólo ejemplo bastante trivial y contemporáneo tomado de la prensa rosa, no por eso menos válido. El matrimonio formado por un exfutbolista brasileño, nacionalizado mexicano y una famosa comunicadora de televisión terminó de deshacerse ante un video que se filtró donde él exponía orgulloso ante su supuesta amante los atributos con los que fue dotado, haciendo palidecer al mismo Príapo, dios griego de la fertilidad. Para resaltar el tamaño y la consistencia férrea, exclamó durante la grabación: «Impresionante» —cosa, me parece, innecesaria y redundante—, con su particular acento portugués.

 

De lo que estamos hablando aquí es de un tema de infidelidad y exhibición de la intimidad. La esposa, avergonzada y humillada por la falta de su aún pareja, al hacerse público el video guarda silencio y al paso de las semanas empieza a enfrentarse al morbo social, a las preguntas incómodas y a la justificación injustificable del acto.

 

El marido infiel, por otro lado, lo capitalizó: afincado en una sociedad que rinde culto al miembro viril, fue recibido con honores en programas de televisión y se convirtió en el promotor de un champú anticaída, que exalta el crecimiento y firmeza del cabello. No pudo ser más burdo el planteamiento: en los comerciales para televisión, tres hombres frente a la cámara con evidente complejo edípico, deseosos de hacer el impasse a la adultez, juegan con el concepto de crecer, del cabello y del pene, mientras entre risas —dos de ellos— alaban al macho alfa, al exfutbolista, al ciervo de la gran cornamenta. La importancia del falo en las culturas es constante e innegable, la manera en que se trivializa ocultando el sentir de la mujer, no.

 

Escarnio para ella, palmarés para él. Para la sociedad, la disolución de la familia que formaban fue intrascendente, claro: la idea «familia» tiene atributos femeninos (ternura, compresión, compañía, fidelidad,) y el miembro viril evidentemente no (fuerza, poderío, transgresión, dominio).

 

El pene se impone sobre lo familiar. Y es que el mundo se parece al género masculino, tiene razón Michelle Williams, los hombre hemos decidido, y al paso de los años se edificado una civilización a nuestra imagen y semejanza, al tiempo que se ha erigido una cultura donde, en no pocas esferas, lo femenino está desterrado. Para la pornografía, por ejemplo, el gozo de la mujer está ausente, pero no tendría porque tener presencia en un contexto de machos que insiste en marginarla, como bien lo deja claro un intento de chiste que leí en algún lugar entre dos amigos misóginos: 

 

—¿Por qué las mujeres fingen el orgasmo? —preguntó uno de ellos.

—No se —responde el otro.

—¡Porque creen que nos interesa! —contestó el primero entre risotadas.

 

Así las cosas. En el porno, constitutivamente falocéntrico, el orgasmo femenino y su consecuente placer no interesan, por eso no hay nada en su maquetación que le inste a obtenerlo, es tan sólo el goce del semental lo que la cámara pretende captar. La pornografía se construyó por y para hombres, con sus aberrantes —aunque no consientes— consecuencias educativas, de ahí la falta de identificación de muchas mujeres ante ella, y de ahí la importancia de la voz femenina en la creación de contenidos, legislaciones y códigos de comportamiento que replanteen los supuestos que por años han prevalecido.

 

La entrega de los Globos de Oro fue interesante. Por cierto, debió ganar Tarantino.

 

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