—virus—

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Eran las cuatro de la tarde cuando el sol caía sin piedad sobre Paseo Usumacinta, un vaho ardiente hacía sudar los pies desnudos de Luigi Soberani quien detuvo en seco sus caites en la esquina con Méndez, ambas calles estaban desoladas.

Después de varios días de meditar, le llegó la respuesta a su mente: la culpa era de Vincent, "el escritor",  le decían; sin embargo, todo estaba claro: era un espía del gobierno asiático. Ya Fraine se lo había advertido, que tuviera cuidado lo que hablaba junto a él porque, esa forma de tomar un lapicero, no era de un poeta, más bien, era de alguien experto en usar palillos chinos o de alguien que afila con precisión la daga que se ofrece a quien muere en hara-kiri. 

 

Luigi dudó en regresar al submarino o ir a la oficina de su amigo Ángelo, periodista de un diario electrónico, a contarle de que había descubierto al culpable y aunque tenía la boca seca, la necesidad de arreglar el problema y que todos supieran la verdad, era urgente.

Cambió el semáforo y cruzó la calle para llegar hasta "la gran avenida", pensaba en los años de amistad con el ahora espía, nunca había sospechado nada, claro ¡Coño, entonces si era un espía! Envió un mismo ‘wasap’ a Fraine y a Ángelo. La primera llegaría en veinte minutos; Luigi tardó seis minutos en caminar dos calles más. Tocó el timbre del gran portón naranja, se escuchó un timbre muy agudo y la puerta empezó a moverse entre fuertes chirridos. "Pasa, estamos arriba", ordenó una voz grave en el interphone. Entró, recorrió con sus ojos una gran área vacía. Se dirigió hacia las escaleras ubicadas al fondo. Dejó de contar cuando llegó al escalón doscientos, lo distrajo un olor a vinagre que inundaba el ambiente. 

 

"Ángelo Vega", decía el letrero sobre la puerta que golpeó tres veces, se entreabrió la pesaba hoja de madera, entró. La habitación estaba en penumbras, apenas para distinguir a un hombre sentado en una silla frente a una gran ventana.

—Imposible, ¡eres tú Vincent! ¿Dónde está Ángelo?

 

—¡Estoy detrás de ti! —no pudo verlo, un golpe en la nuca le hizo caer al piso y antes de desmayarse, vio los tenis azules de Fraine acercarse a él y ya no sintió cuando el bastón dorado de ella remató la herida en la frente.

 

Despertó en su casa la tarde siguiente sin saber por qué tenía una venda en su cabeza, no sabía porque su piel era mucho más morena y sus mejillas se habían inflamado al doble de su tamaño normal haciendo sus ojos más peque

ños y nunca se enteró que los "correctores", atándolo de pies y manos en esa vieja silla de metal, le habían hecho tomar dos litros de posol agrio enmohesido, con pelusa blanca, y comer una generosa porción de "tortuga en sangre"... lo habían infectado con el chocovirus "Chiot19".

 

Y mientras Luigi observaba sin comprender los cambios de su rostro en el espejo, sonó el teléfono celular y en cuanto escuchó la voz de Fraine decir "tienes una misión", entró en trance, fue al refrigerador y sacó un kilo de posol envuelto en aluminio y con él bajo el brazo, salió a la calle con rumbo al submarino...

 

              

    

   

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