Jugando y formando

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Reza el eslogan de sartenes, «Para nosotras las mujeres, Ekco». Reminiscencias de una época que mira la actividad culinaria en el hogar como un quehacer exclusivo de la mujer.

Sartenes, ollas y cucharones sólo podían imaginarse en posesión de ellas, un pensamiento misógino que se apoyaba en los juguetes heteronormativos, muñecas y muñecos que catequizaban qué significaba ser hombre y qué ser mujer, desde el musculoso y homoerótico He-Man y su cofradía de fornidos obcecados con el culto al cuerpo, hasta la Barbie, significante de superficialidad femenina recubierta de los cánones de belleza anglosajones. 

 

Los juguetes adoctrinaban, y lo continúan haciendo, sin embargo se ha visto un cambio de pensamiento sobre la participación de estos en los roles de género. Los movimientos feministas y el repensar el cuerpo han logrado un avance en los últimas años. No todo es negativo. Los juguetes poco a poco están planteando una posibilidad para escaparse de la dicotomía tradicional y de la construcción de un cuerpo que está agotando ya su discurso. Muñecas para hombres y muñecos para mujeres; tractocamiones para ellas y cocinetas para ellos. Muy bien. Y es que un juguete no obedece a una función puramente lúdica, también es el envoltorio —en formato divertido— de toda una tradición ideológica que indica un deber ser. Las muñecas, por ejemplo, han fungido como dispositivos biopolíticos para regular una práctica que identifique a las mujeres en su rol social: hasta el siglo XIX, las muñecas eran figuras de personas reducidas, mujeres adultas diminutas, digamos, pero en las postrimerías de ese siglo, adquieren características infantiloides, bebes que requerían cuidado, inocuos mecanismos de entrenamiento para la crianza futura. Al jugar, las niñas se aleccionaban sobre lo que se esperaba de ellas en el terreno de la maternidad.

 

 

La idea de sensualizar y sexualizar la mercancía, en la década de los años veinte del siglo pasado, se infiltró a los contenidos dirigidos a los infantes. En 1930, salta al cine Betty Boop, un personaje animado inspirado en la actriz y cantante de la época Helen Kane. Boop era joven, bonita, con facciones de tenn, un buen cuerpo y, en su vestimenta, nunca le faltaba lo entallado, lo escotado y lo translúcido, ¿reconoce usted este atuendo? Pocos años después, en Alemania, surge una tira cómica cuya figura principal era Lilli, una desparpajada joven de la posguerra que —invariablemente— en alguna viñeta aparecía vistiéndose o desvistiéndose, simplona estructura narrativa parecida al mexicanísimo cine de ficheras o de las llamadas sexicomedias, donde todo el montaje era para mostrar, a la menor oportunidad, las carnes femeninas. Lilli tuvo éxito, tanto que se comercializó como juguete sexy en el país teutón, con la salvedad que estaba dirigida hacia un público adulto masculino, siendo luego comercializada al segmento infantil femenino. Así, Bild Lilli Doll —como se le nombró a esa pequeña muñeca sexosa— estaba ahora en los brazos de 130 mil niñas alemanas. Finalmente, viendo el éxito, Mattel, la empresa norteamericana de juguetes, compra los derechos en 1964 y le sirve de base estética e ideológica para empezar a fabricar la prontamente famosa Barbie.

 

Si el gurú de la comunicación Marshall McLuhan tenía razón al decir que el medio es el mensaje, ¿qué nos dicen los juguetes? Es fácil rastrear una línea discursiva entre Betty Boop y los clichés utilizados en la pornografía, o en las muñecas Barbie y las doradas inquilinas de la Mansión Playboy, donde su casero —Hugh Hefner— construyó un imperio sobre el cuerpo estereotipado de la mujer. Así pues, muchos juguetes funcionan como barrenas instructoras que insisten en mantener el status quo.

 

En la temporada cinco de Los Simpson, Liza se decepciona al ver que la nueva versión parlante de la muñeca Stacy Malibu (parodia de la Barbie), sólo suelta frases vacías y frívolas. Durante una discusión familiar, Liza le esgrime a su mamá que al jugar esta de niña con esa muñeca se afianzaron sus ideas de cómo ser un ama de casa: March intenta ponerle fin a la polémica diciendo «Y ahora vamos a olvidar nuestros problemas con un gran platón de helado de vainilla», a lo que Liza le responde en acto halando el cordón trasero del juguete para hacer salir de éste precisamente la frase que recién había soltado su madre. Nos reímos, pero es una versión caricaturizada de cuando se tararea el jingle de las ollas Ekco al tiempo que se niega de cómo y cuánto la publicidad manufactura roles sociales.

 

Pero como decíamos al principio, se va avanzando. En Tasmania, se ha creado un modelo de juguete que se resiste —en algún sentido— a participar en el adiestramiento sobre lo que significa ser mujer para la Modernidad. Sus Tree Change Doll, son muñecas sin maquillaje, con rasgos nativos que invitan a repensar cómo se han normalizado pautas conductuales sobre la belleza y el comportamiento de las mujeres a través de algo tan cándido e ingenuo como un juguete, por lo que, ahora, mirar un niño enfrentando de forma violenta sus carritos, o una niña arrullando su muñeca, toma un sentido harto diferente.

              

    

   

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