Posol City, crónicas de una ciudad imaginaria

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Juan Ríos Alba fue un niño fue muy rebelde, actitud adoptada por la muerte de su madre que dando a luz, falleció, no del parto, sino de tuberculosis en una clínica de Iquinuapa y su esposo no pudo soportar la tristeza y se dio a la bebida. 

El progenitor un día salió a cobrar el importe de unas caguamas y nunca regresó. Juanito, fue adoptado por un tío muy lejano que, tratando de calmar el coraje contra la vida por el infortunio del Chico, le consiguió un trabajo en la parroquia de Jalpa. El tío era ateo, y jornalero en el gabacho y antes de decidir en confiarle su crecimiento con los católicos, le había buscado lugar en varias casas religiosas sin embargo, ahí le ofrecieron un cuarto con clima, comida y sobretodo, el título de monaguillo que a Juanito le pareció importante, ser algo más que un huérfano cualquiera y pues, misa había todos los días por lo que trabajo y comida no le faltaría. No le costó trabajo el rol eclesiástico, solo tocó la campana dos veces en un tiempo equivocado, el padre Seferino le dio una santo jalón de orejas y listo, nunca más se volvió a equivocar. Todo lo aprendía con gusto, aunque no entendía bien eso de jerarquía celestiale, tampoco se explicaba como desaparecían a diario tantas monedas que los parroquianos depositaban en la alcancía y cuando supo de los milagros de Dios, a sus diez años de edad, formuló uno: ser feliz.

Así paso la vida aprendiendo el oficio de Sacristán, luego capellán y luego administrador general, tuvo intentos de ejercer el sacerdocio, pero en el segundo retiro espíritual, eso del ayuno le hizo desistir además, encontraba cierta paz cuando barría todo el recinto, platicaba con las imágenes cuando las limpiaba o cambiaba de ropa y aún ya siendo mayor, a sus cuarenta años sentía pudor cuando dejaba desnudo, hasta que el ciclo de la secadora terminaba, a San Juditas, a San Chárbel, a San Mateo, San Ciprian, claro que siempre pidió apoyo a las monjitas capuchinas para con las figuras femeninas. El día que cumplío setenta años, el señor obispo sabiendo de su historia, le concedió una jubilación y la portería del seminario mayor hasta que Dios lo llamase. Y en su último día en Jalpa, cuando todo se disponía a oficiar la última misa del domingo, Juanito no tocó la gran campana de la "tercera llamada", no por olvido, sino porque ese gran badajo que tenía por corazón, decidió detenerse en seco, y el cuerpo de Juanito, se quedó acostado en la sacristía y en su último suspiro, pensó en ese deseo de ser feliz a la cuál el obispo le respondió en la misa de cuerpo presente, que se le había concedido el milagro de ser siempre feliz, desde el primer día que lo arroparon con el traje de monaguillo...

 

              

    

   

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