—Visita—

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Cada noche, desde que era niña, Lucrecia Barahona, inhalaba profundo tres veces antes de cerrar los ojos para rezar el "angelito de la guarda" y en la última década, lo hacía para concentrarse en ella misma y no con la idea de encontrar un enlace con lo divino ya que nunca había experimentado algo extraordinario, a diferencia de sus compañeras en el colegio de monjas, donde cursó de la primaria hasta el bachillerato.

Sus más cercanas compañeras, durante los ejercicios espirituales, decían escuchar campanitas o susurros cerca del oído, a otras se les erizaban los vellos de la piel al santiguarse, algunas contaban en el desayuno sus sueños que oscilaban entre magia y devoción, pero las más apasionadas, decían llenarse de "escarcha" de diferente color al terminar el rosario nocturno pero Lucrecia, nunca experimentó nada de eso. Durante el tiempo que fue asistente de la madre superiora, pedía a diario consejo y la decana, después de leer cualquier pasaje de la biblia al azar, le pedía poner más fervor a la rezada y así lo hizo pensando que algún día algo vería o sentiría pero no. Pasó el tiempo, se graduó de bachiller, y de terapeuta respiratorio, pasaron seis años laborales y nada ocurrió, hasta esa tarde que visitó a su único amigo internado en un hospital.

 

Apuró su agenda y llegó una hora antes. Habían pasado apenas dos semanas que coincidieron sus descansos y  habían desayunado juntos, trabajaban en el mismo edificio, diferente piso.

 

A las cuatro de la tarde, después de hacer el cambio de guardia, subió con lentitud por las escaleras, cruzó con rapidez un largo pasillo y al abrir la puerta, no pudo distinguir a ningún paciente en esa habitación compartida, se quedó un momento ciega por la intensidad de la luz de un enorme sol que penetraba atrás del ventanal. Diez segundos ocuparon sus pupilas para ajustarse, y entonces, lo vio, ahí, inerte, conectado a un respirador artificial, a varios cables, sondas y a un monitor que, a pesar de tanta tecnología su pantalla era en blanco y negro, quiso contar el chiste la voz alta, y lo hizo, aunque esperó a que terminara la enfermera de administrar... algo.

 

Y entendió que algo no andaba bien cuando vio a otro paciente conectado al mismo respirador, ¡no lo podía creer, ella misma había realizado esa maniobra heroica en el hospital de especialidades donde laboraba pero aquí, era un "nosocomio general". Le llevó medio minuto observar, con ojos de especialista, no con ojos de familiar que visita a un paciente en coma,  todo lo que había en la habitación, detuvo su atención en la pantalla del aparato, pensó que sí ella lo hubiera programado así, su jefe le hubiera impuesto un par de "guardias de castigo", o mínimo una llamada de atención. Quiso hacer algo, quiso arreglar algunos botones pero la espantó un ave de colores que empezó a golpear con sus alas el gran ventanal, las plumas azules y amarillas brillaban tanto y hacían tanto ruido como todas las alarmas rojas de todos los equipos electrónicos que empezaron a sonar al unísono y en ese instante, escuchó la voz de la madre superiora muy cerca de su oído "hay aves que arremeten contra los ventanales para avisar que algo va a cambiar dentro de nosotros". La piel se le puso chinita y por cinco segundos, a toda la habitación le cobijó el silencio.

 

Un segundo más y ocurrió un estallido de pequeños murmullos, alarmas, ruidos de la calle, su propia respiración, todo junto fue una explosión que le hizo escuchar un fuerte zumbido, sintió vértigo, escalofríos.

 

El sol bajó su intensidad, dejaron de arder las ventanas por dentro. No supo cuántos pasos dio pero de repente se vio a si misma gritar "¡código azul!" en el pasillo y cuatro personas vestidas de uniforme quirúrgico se arremolinaron en la puerta de y entraron con la misma velocidad a la que se entra a los funerales para consolar a los dolientes y olvidarse rápido del fallecido o quizás para olvidarse de lo que no somos y de lo que no hicimos.

 

Y Lucrecia inhaló profundamente tres veces, dio la espalda a ese remolino de gente que dentro de aquel cuarto en el área de  "medicina interna" para la girar y hacerse cada vez más grande. Rezó un padre nuestro en las escaleras y salió con paso lento hacia la calle no sin antes dar su número a la chica que estaba, tan sola como ella, detrás del módulo de "trabajo social" aunque, sabía que no le llamarían a ella, conocía muy bien el protocolo para "estos casos".

 

Entró a su auto y sobre el cofre, la misma ave de colores que hacía unos minutos atacaba la ventana, dormitaba con tranquilidad. Ella no encendió de pronto el motor, no tenía prisa, aún le quedaban dos dias de vacaciones y además, al descubrirse unas "escarchitas de colores" en la mano derecha, tuvo la certeza que todo aquello que mencionaban como débil probabilidad de que pasara en la ciudad,  sin duda, pasaría...

 

              

    

   

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