—Lupita—

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Lupita Rodríguez Chico era muy joven. Apenas diecisiete años cuándo se casó completamente enamorada de Lacho; fue su primer amor. Ella no miró defecto en él. Ese hombre significaba un conjunto cosas, buenas o malas, pero en equilibrio para toda la vida. Fue la boda más grande de todo Tamulté de la Sabanas por muchos años.

Sí, "completamente enamorada" no como sus primas mayores que se habían comprometido con sus novios resaltando todos sus defectos masculinos y algunas, confesaron en la tornaboda con burbujas de cerveza en la cabeza, haberse fijado parcialmente en los sentimientos, para algunas fue más importante "el rostro" para otras, la cartera. Lupita les dijo que estaban locas, ella tenía ojos solo para Lacho.

 

Y hubiera sido así por toda la vida, pero un día, el hombre llegó oliendo a jabón rosa Venus y con una pizca de lápiz labial en el cuello, de esas marcas hechas con toda la mala intención para que sean vistas y ella que tenía nariz y ojos grandes, no pasó por alto esos detalles.

 

Así fue como Lupita, negándose primero a la verdad, luego al divorcio y a la soledad, experimentó el ruido que hacen los platos al estrellarse contra la pared, el estruendo de las cacerolas al rebotar en los pisos de adoquín y también, el trabajo de los psicólogos (los confundía con "loqueros"). También supo lo que significa una "terapia de pareja" aunque de diez sesiones fue a cuatro sin acompañante y le quedó muy claro que una "terapia de grupo", no tenía nada que ver con esas reuniones dramáticas "corta venas" que solía ver en las telenovelas o en la "Rosa de Guadalupe".

 

Y fue hasta la última sesión donde comprendió que había muchos hombres en el mundo, que Lacho no era el único, que si había sido el primero, pero ella en ese momento en la secundaria, tampoco quiso tampoco ver más allá de los límites de su calle. 

 

Alguien dijo: "ilusión", la terapeuta del grupo digo: "ceguera", otra alumna dijo "pasión", la maestra dijo "multiorgasmo"... Y antes de que la joven participante dijera alguna otra palabra, su rostro se iluminó cuando todas en común pensaron: "decidir en libertad".

 

Y entonces ella se dio la libertad de dejar libre al hombre aquel, a ese fulano que se sentía prisionero donde ella nunca fue carcelera, pero si dueña de todas las llaves y con ellas, abrió múltiples posibilidades, para sí y para Danielito que cumpliría apenas 3 años.

 

Fue una tranquilidad saber que para el chiquillo, le esperaban 15 años más de pensión alimenticia y para ella, la posibilidad de terminar una carrera universitaria, y cuanto más avanzaba entre los salones de clases, se daba cuenta que hombres, había por montones y la tarea, en caso necesitar uno a su lado, era discernir con el corazón en la mano y otra fuera del pantano.

 

Y al llegar a los sesenta años, Lupita vio hacia atrás y concluyó que la gente se puede morir de cualquier cosa, pero nunca de soledad, ni de amor...

 

              

    

   

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