Diálogo con Sartre: el miedo es una consciencia que paraliza

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Existe un ejercicio, una suerte de magia que reposa en los libros, basta acercase a la biblioteca personal, a ese rincón donde duermen nuestros amigos, observar sus lomos y tomar aquel que por fuerza de atracción nos atrape la mirada con su título. Estos días me he dejado seducir por un libro del filósofo existencialista Jean Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo.

En esta obra, reflexiona sobre el miedo, ese miedo que nos hace huir, desmayarnos metafóricamente para cerrar los ojos a la realidad, “una forma de olvidar, de negar el objeto peligroso con todo nuestro cuerpo; así actúan los boxeadores novatos cuando al abalanzarse sobre el adversario cierran los ojos, quieren suprimir la existencia de sus puños, se niegan a percibirlos (…) el miedo es una consciencia que permite negar a través de una conducta mágica un objeto del mundo interior”. 

 

Las palabras del filósofo resuenan en nuestra cabeza. El miedo pareciera ser muy poderoso sobre nuestra mente, sobre nuestro cuerpo. Pero, ¿qué pasaría si en lugar de darle el poder de aniquilarnos o arrebatarnos la paz, le brindáramos la magia de darnos la consciencia? El miedo obra más sobre el mundo interior, ese que acaso es el que más asusta porque no tiene rostro; hay algo afuera que nos acecha, que nos quiere devorar, pero en realidad hemos advertido, a lo largo de estas largas semanas, que el mayor miedo tal vez sea el hecho de tener que permanecer en nuestras madrigueras, ahí donde se supone comemos, despertamos, dormimos; acaso para muchos más que madriguera era una suerte de posada, hotel. 

 

Yo te pregunto, querido lector: ¿Qué ha implicado para ti hasta ahora permanecer en tu madriguera? ¿Qué significa permanecer todo este tiempo contigo mismo? ¿Cómo se manifiesta el miedo en ti? ¿De manera pasiva o de manera activa? Hoy Sartre puede llegar a ser ese pretexto a la medida para mirarte y aprender a dialogar contigo, con los demonios interiores, con ese miedo que puede llegar a cansarte, a paralizarte. 

 

Es válido fatigarse, cansarse de uno mismo, de los monstruos interiores. Sin embargo, mucho tienen que decirnos, ¿qué tal si ahora tratamos de escucharlos? Ellos son mensajeros de lo que necesitamos conocer de nosotros. 

El miedo puede llevarnos a la tristeza, así lo considera el filósofo, para quien “la tristeza se caracteriza por una conducta de postración. Quien la padece se queda en un rincón (…) para permanecer a solas con su dolor (…) la tristeza llega a suprimir la obligación de transformar la estructura del mundo (…) procuramos que el universo ya no exija nada de nosotros”. 

 

Debemos estar atentos a nuestras emociones, cuidar que la tristeza que nos genera el miedo no nos impida buscar los recursos personales, la capacidad, y sobre todo que no nos lleve a olvidar la obligación que tenemos de transformar el mundo, la realidad. Como se puede ver, el existencialismo atribuye gran responsabilidad a la libertad del hombre, pues el hombre existe porque es responsable de ser. Como seres humanos tenemos el deber de transformar nuestra realidad no sólo de resistirla, mucho menos de evadirla. 

 

Tenemos derecho a sentirnos golpeados, a pedir al miedo que se detenga porque ya no podemos más, a implorar a los golpes externos o internos de esta cuarentena que se detengan un poco y abrazarnos al adversario como ese boxeador novato. Pero, por otro lado, podemos también concebir ese miedo como la manera de ser conscientes de nuestro aquí y ahora, para sólo de esta manera, conscientes de lo que somos, podamos transformar lo necesario en el interior y en el mundo de afuera, el cual parece tan caótico y peligroso, de hecho, lo es. 

 

El miedo, la tristeza, son mensajeros existenciales. Los invito pues, amables lectores, a abrirse a ese diálogo interno en que el silencio por ensordecedor que parezca puede ser el puente a nuestra libertad. Empecemos a contactar con nuestras emociones y a ponerles nombre. Y entonces, y sólo entonces, sabremos que existimos porque sentimos miedo, pero que elegimos ser responsables y creativos, y pasar de la contemplación, la cual es muy necesaria en nuestros días, a la acción. Y, de repente, nuestra madriguera nos parecerá tan bella, tan digna de ser habitada por nuestro ser, por todo lo que somos y lo que no somos, bella por su luz y oscuridad, por su paz y su guerra, por su tristeza y por el gozo que implica existir, porque si tengo miedo, luego existo. Carpe diem.

 

              

    

   

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