Intentar reglamentar lo indómito tiene —muchas veces— consecuencias no deseables. El Estado soberano ha pretendido históricamente decidir sobre los cuerpos. La carne acaba, finalmente, imponiendo su deseo, ya sea en público o en privado. Prácticas vistas aberrantes, como la sodomía o la masturbación, se brincan los códigos legales y morales apenas se cierran las puertas de la alcoba. En la novela Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa, el protagonista Pantaleón Pantoja crea un prostíbulo para dar diversión a un batallón apostado en medio de la selva. Lo hilarante de la narrativa es cómo Pantaleón hace del cuerpo y sus placeres un tema de administración y finanzas, estableciendo tiempos y metodologías del acto amatorio para optimizar la eficiencia de su lasciva empresa. El cuerpo para Pantaleón se constriñe a una numeralia que deja de lado lo espontáneo. Al reglamentar, pesar, medir y cronometrar el encuentro sexual, lo artificializa; el cuerpo pasa por un libro contable, deja de ser cuerpo para desfigurarse en mercancía.
«La boca es para comer», dijo en 2019 el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, como argumento principal para prohibir en su país el sexo oral. Museveni ambicionaba regular lo corporal a través de una lógica que elimina la subjetividad, lo dicho por él es una variante de la premisa de aquellos que atacan el sexo anal arguyendo que el ano es un orifico de salida y no de entrada.
«El cuerpo es para…», es la línea argumentativa de la pornografía mainstream, ese dispositivo moderno que configura los cuerpos, esa narrativa sexoide, heteronormativa y falocéntrica que prescribe qué meter y dónde. El cuerpo del porno es uno industrializado, un espacio de producción que llega enlatado al consumidor, con sus conservadores y saborizantes artificiales. Un cuerpo pornografizado es lo que veía Pantaleón en sus visitadoras y lo que asumía el presidente de Uganda al sistematizar el placer que se le da al otro. El cuerpo pornográfico es masa moldeable a los vaivenes, no del deseo del sujeto, sino al deseo del poder soberano, ese que mandata y dicta desde afuera de ese mismo cuerpo, no tomando en consideración la otredad.
La mecanización de un acto que tendría que ver con lo catártico y espontáneo aniquila cualquier dejo de goce, adultera algo que se resiste a la domesticación. El cuerpo parece poseer un espíritu montés, una naturaleza cimarrona que hemos nombrado «deseo», de ahí la capa de comicidad en las propuestas de Pantaleón, Museveni y de la pornografía, discursos en los que el deseo mismo es omitido.
POR: Alejandro Ahumada













