En la vida cotidiana solemos asumir que la amistad, la ayuda mutua y la relación en pareja son necesidades universales donde todas las personas buscan satisfacer de una u otra forma una necesidad afectiva. Sin embargo, hoy en día, la realidad humana es mucho más compleja que hace dos décadas, por ejemplo, en la “educación de antes” un objetivo de vida era formar una relación estable, hijos, en cambio actualmente, muchos jóvenes y jóvenes adultos aun sintiendo el peso de la soledad, eligen mantenerse al margen de todo vínculo tradicional.
En estos días donde la IA parece dominar los entornos y da dirección a las observaciones de la vida, podemos identificar entre la población, tres actitudes que reflejan estrategias emocionales profundas: quienes prefieren no tener amigos, quienes evitan pedir favores para no quedar en deuda, y quienes buscan pareja como una forma indirecta de integrarse a una red familiar sin tener un verdadero compromiso familiar personalizado. Y estas conductas nos hablan entre sí, de una relación particular entre la vulnerabilidad, el nulo compromiso y la necesidad de pertenencia de los sujetos.
A muchos cincuentones nos resulta normal, más que significativo, que haya jóvenes que no tienen amigos, no porque sean incapaces de establecer vínculos, sino porque haya optado por evitarlos en un mundo donde es difícil esconderse. Esta elección puede parecer contradictoria, ya que la soledad suele doler, claro, el dolor de la soledad puede resultar, para algunos menos amenazante que el riesgo de la decepción, el abandono o el conflicto entre si mismo y con los demás. La amistad implica apertura, confianza y, en muchos casos, exposición emocional donde la apertura debe darse para fluir. Para quienes hemos experimentado relaciones fallidas familiares o en fraternidad, el aislamiento se convierte en una forma de autoprotección. Así, la soledad deja de ser únicamente una carencia y se transforma en un refugio, en un espacio donde el control personal no se ve comprometido por las expectativas, acciones, necesidades o necedades de otros.
¿Hay personas que no pide favores a nadie? Sí, y es más común de lo que uno se imagina. La idea de no pedir favores para no tener que hacerlos de vuelta, revela una visión de las relaciones basada en la reciprocidad obligatoria, es decir, el individuo percibe el intercambio social como una especie de contrato implícito donde cada acción genera una deuda y bajo esta lógica, pedir ayuda no es un acto de confianza, sino el inicio de una obligación futura. Evitar pedir favores en la sociedad actual, no es necesariamente un signo de autosuficiencia absoluta, sino una manera de evitar compromisos que podrían percibirse como cargas emotivas. Esta actitud también puede estar vinculada a una necesidad de independencia extrema, donde depender de otros se interpreta como debilidad. Aunque para muchos es sano, para otros la postura limita la posibilidad de construir vínculos genuinos, ya que la ayuda mutua es uno de los pilares fundamentales de la convivencia humana.
El tercer grupo intergeneracional de esta sociedad sumida en el internet, plantea una dinámica particularmente interesante: personas que no buscan pareja por amor o afinidad, sino como una vía para integrarse a una estructura familiar. En este caso, la pareja se convierte en un puente hacia un sistema de apoyo más amplio sin formar una familia propia. De manera inconsciente, estas personas buscan no solo a alguien con quien compartir su vida, sino también coaccionar en una red de relaciones que supla la ausencia de amistades o vínculos cercanos. Esto evidencia que, incluso en quienes evitan la amistad o la dependencia directa, persiste una necesidad de pertenencia. El ser humano, por naturaleza, tiende a buscar espacios donde sentirse incluido, reconocido y acompañado. Cuando esta necesidad no se satisface a través de amistades, puede desplazarse hacia otras formas de relación, como integrarse, sin comprometerse, en la familia de la pareja.
En conjunto, estas tres posturas de la sociedad actual, reflejan una tensión constante entre el deseo de conexión y el miedo al compromiso emocional. Aclaro que no estoy hablando simplemente de personas “solitarias” o “independientes”, sino de individuos que han desarrollado mecanismos específicos para gestionar sus vínculos, así, edificar una soledad elegida, una autosuficiencia extrema o la búsqueda indirecta de pertenencia, son respuestas a experiencias, creencias y temores que moldean la manera en que cada individuo se relaciona con los demás.
Aunque la sociedad no evoluciona a la par que el internet, nos está dejando atrás. Los nuevos instrumentos para comunicarse colocan brechas entre las personas, aislando o acortando los discursos y las ideas y esto nos debería cuestionar las ideas tradicionales sobre la sociabilidad. No todas las personas buscan amistades, favores o relaciones de pareja por las mismas razones, ni con los mismos objetivos, y aunque detrás de cada elección hay una historia, una forma de entender el mundo o una manera particular de protegerse o de encontrar equilibrio, comprender estas diferencias no solo nos permitirá empatizar con quienes viven de forma distinta, sino también reflexionar sobre nuestras propias decisiones y necesidades afectivas o en el menor de los casos, entender por qué esta generación se aísla con tanta facilidad cuando a nosotros, los del siglo pasado y si internet, nos costaba más trabajo.
POR: Edmundo Juárez.
















