Escribir sobre erotismo puede ser complicado, un desliz y convierte una narrativa en un muestrario sexual. El rey Salomón exalta caderas y pechos como alabanza de amor, como reconocimiento a la belleza de su mujer. Sus escritos lindan en el erotismo, esa aceptación de la voluptuosidad del otro. Salomón se mantiene en la delgada línea que implica no decir más para poder decir. Una paradoja. En el encubrimiento está el descubrimiento. «Apago la luz para verte», dirían, muy al contrario de la falta de poesía en el cuento El Lobo feroz, pues este requiere ojos más grandes para ver mejor. El Lobo es pornográfico, desconoce la táctica del encubrimiento para seducir/comer a Caperucita.
En la narrativa erótica, un poco está bien; muy poco, es rosa; mucho, es rojo bermellón. Se debe mantener el equilibrio entre la excitación y el deseo de continuar la lectura. Si la narrativa lleva al lector a abandonar la historia para pasar al acto amatorio, entonces esta falló. ¿Cuánto es mucho? En un artículo periodístico del 2013, titulado Las partes privadas, varios autores dieron su punto de vista acerca de cómo escribir sobre sexo sin rayar en lo pornográfico. Lo expuesto por el escritor Nicholas Baker parece ser de lo más acertado, pues en su opinión para que un texto sea bueno debe contener, dijo, «Frustración, sorpresa, inocencia y pelo». ¡Ahí está! El sexo es muchas veces frustrante, sorpresivo y cargado en ocasiones de inocencia, pero ¿y el pelo? Baker a través de la sinécdoque ejemplifica el pelo como la parte descarada de la narrativa. Es lo sucio, lo animal, lo húmedo y viscoso, lo pegajoso, el cuerpo en su dimensión más básica, sin piel, pura carne lista para ser comida por el amante ansioso que no teme mancharse las manos, como aquel hambriento que deglute atiborrándose la boca con el alimento negado, dejando pringas, perdiendo el estilo, olvidándose a momentos de las buenas maneras. El autor de la frase tuvo cuidado de usar el singular: pelo. Meter pelos en la narrativa es de mal gusto; el pelo es discreción y mesura; los pelos son exceso.
Poner un poco de pelo en los escritos es reconocer la saliva del otro como ambrosía necesaria para la subsistencia, es captar en los efluvios del cuerpo ajeno el intoxicante perfume del deseo y percibir los estrujamientos en las carnes como caricias transfiguradas, y es que no hay encuentro erótico sin su consecuente carga de pelo. Lo opuesto es romanticismo, la idealización del amante al punto de no poseerlo, pero sí fantasear con poseerlo. El exceso de pelo —siguiendo la frase de Baker— es pornografía, narrativa que omite la frustración, la sorpresa y la inocencia. Nada en el porno es frustrante, nada es sorpresivo y —por supuesto— nada es inocente, todo está cargado de obviedad, de pelo. El porno no se depila —metafóricamente, claro—, se muestra carnoso y voluptuoso desde cualquier ángulo, peludo, pues. El erotismo se afeita, pero cuidando mantener una vellosidad delicada y sutil, más del lado del durazno que del coco, una pilosidad que indique que sí, pero que quizá no, un candente oxímoron que convierte la carne cruda a cocida dejándola al punto. El pelo, así en singular, es la vela en la tertulia romántica o el encaje en la vestimenta, son los puntos suspensivos de la literatura que indican que algo puede continuar… aunque tal vez no.
Por: Alejandro Ahumada
















