Esopo era un hombre sin ilusiones, y a veces quien observa sin esperanza ve más lejos. Sus relatos llevan veinticinco siglos demostrándolo. Había nacido esclavo y conocía el poder desde abajo, desde el único ángulo en que puede contemplarse por completo. Esa perspectiva le dio una claridad que los hombres libres rara vez alcanzan. Por ello, sus fábulas son breves autopsias de la condición humana, escritas con el bisturí de quien no puede permitirse el lujo de la ingenuidad.
Entre todos los apólogos que escribió, hay uno cuya brevedad esconde una ferocidad que el tiempo no ha desgastado. Un perro cruza un puente con un hueso entre los dientes. Debajo corre el río y, en las aguas quietas de un remanso, el perro ve su propio reflejo. Lo que ve le parece mejor que lo que tiene: el hueso del otro perro —ese perro que es él mismo sin saberlo— luce más grande, más jugoso y más cargado de promesas. El animal abre la boca para arrebatárselo. El hueso cae al agua. El reflejo se deshace en círculos. El perro queda con las mandíbulas vacías sobre un puente que, de pronto, ya no conduce a ningún lado, mirando cómo la corriente arrastra, lenta y sin drama, lo único que era suyo.
La política contemporánea ha perfeccionado esa geometría, y lo ha hecho en plural. Desfilan los que abandonan causas que juraron defender en cuanto esas causas dejan de ser redituables. Desfilan los que abren la puerta a los desertores del bando contrario con una hospitalidad que la necesidad electoral explica mejor que cualquier declaración de principios. Desfilan los que se proclaman alternativa sin haber resuelto antes las preguntas más elementales sobre sí mismos: qué los distingue, qué han hecho con su historia personal y por qué razones alguien debería creerles.
Lo que los une a todos, por encima de las diferencias de membrete, es una relación fracturada con la identidad. Saben pronunciar principios, recitan plataformas y dominan el vocabulario de la causa popular con la soltura que da el uso frecuente de ciertas palabras. Cuando cambian de trinchera lo hacen con el mismo discurso apenas retocado, como si las palabras fueran transferibles y las trayectorias carecieran de peso. El electorado al que apelan carga con una memoria que ellos prefieren ignorar.
Sin embargo, nada de eso les quita el sueño; al contrario, se miran al espejo cada mañana y ven a un redentor. Hablan de renovación con la soltura de quien nunca ha examinado su propio expediente. Ofrecen el cambio como si el ciudadano no los hubiera visto gobernar, negociar y acomodarse durante años exactamente en aquello que hoy dicen combatir. Pronuncian la palabra “pueblo” con la misma familiaridad con que se nombra a quien ya no se frecuenta, aunque todavía se espera algo de él.
Esopo, esclavo y conocedor de los mecanismos del poder cuando nadie lo vigila, habría reconocido el paisaje sin necesidad de explicaciones. También habría reconocido el desenlace: los perros que sueltan el hueso no aprenden. Vuelven al día siguiente al mismo puente, miran el mismo río y vuelven a ver en el reflejo algo más grande y más jugoso que lo que cargan entre los dientes. Su condena consiste en regresar al puente cada mañana, convencidos de que el río guarda, en algún recodo, aquello que al abrir la boca se les fue.
El río, mientras tanto, sigue corriendo. Es lo único en toda la fábula que no miente.
Por: Mario Cerino Madrigal

















