El escritor Salvador Novo empieza así su ensayo «En defensa de lo usado», de 1938: «Una de las más deplorables características de nuestra época es la de no permitirnos gozar íntegramente de ninguna cosa, persona o situación». De manera profética, Novo mira como un nuevo capitalismo va tomando forma, uno que impide disfrutar de lo usado, de lo mallugado, arrugado, viejo o astillado, uno que nos impulsa a la renovación constante, a lo reciente y moderno. El goce continuo se anula para acumular pequeños goces intermitentes sustentados en la novedad. Occidente valora lo abrillantado y pulido, admira su reflejo en las múltiples capas de pintura de los automóviles y desdeña la opaca piedra arquitectónica recubriéndola con materiales fulgurantes; hoy, la fachada de los edificios deben brillar, exponer en su resplandecencia un discurso triunfalista muy de nuestra época. Occidente desdeña lo reparado, lo turbio, lo mira nebuloso, desconfía de él por ser poseedor de un pasado que le es —generalmente— incognoscible.
En el cuerpo, esto de traduce como un rechazo a lo marcado; socialmente, no son las intervenciones quirúrgicas de corte estético lo criticable, es la huella del bisturí en la carne lo que se censura, su paso, su traza, su historia. Cremas para eliminar las cicatrices (que devinieron en ungüentos antiarrugas) basan su éxito en esa premisa. Cuerpos sin cicatrices y sin arrugas, cuerpos sin historia.
La carne, la femenina principalmente, debe ser impecable, irreprochable, ahistórica. Su tráfico, influenciado por las directrices capitalistas actuales, rehúye de aquellas pinceladas con las marcas de las vivencias. La huella perenne en el cuerpo, la cicatriz, es rastra de un desgarro —voluntario o no—, de un pasado. Para las tendencias estéticas, las cicatrices nos colocan como cuerpos de segunda mano, usados, justo como el ensayo de Novo, atravesados por una historia. Las cicatrices son memoria y nuestra sociedad tiende al olvido. Se busca lo bruñido e impoluto, la piel que no ofrezca resistencia al mirarla, la piel joven y sin marcas, sin remiendos, sin costuras, sin arrugas, pulcra de origen. Los cuerpos femeninos que ofrece la pornografía son inspeccionados y —si se puede— reparados para mostrarse novísimos: una lasciva boca abierta, impaciente por recibir la blanquecina lluvia masculina, no puede permitirse amalgamas, estas ceden el paso a las invisibles resinas, no se debe evidenciar el tránsito por el odontólogo; algunas naturales manchas corporales son eliminadas con laser, y los anos, oscuros ya sea por genética o los años, son blanqueados con cremas; hábitos —todos— ya muy comunes fuera del plató porno. En otro giro, la piel incólume es deseada por los tratantes de blancas, un comercio a la alza que busca la lozanía. Veamos: en un sorprendente testimonio publicado hace cuatro años por el diario El Universal, una joven mujer narra como en las afueras de la estación del Metro Candelaria, en la Ciudad de México, fue subida a la fuerza a un vehículo. Mientras la tocaban e inspeccionaban levantaron su blusa observando la cicatriz de la cesárea, «¡Así no nos sirve!», dijo molesto uno de los dos ultrajantes, y la dejaron ir. Su secuestro fue frustrado por la oportuna elocuencia de su carne ventral.
Nuestro gusto por lo nuevo contrasta con la apreciación que Oriente tiene hacia lo usado. Para ellos, lo empañado, lo cuarteado, roto y pegado adquiere una dimensión, una historia que lo recién desempaquetado no posee. Pensemos en el arte del Kintsugi, en reparar lo fracturado exponiendo la rotura con pegamento de oro, en vez de ocultarla. En Occidente reverenciamos lo nuevo, festejamos ser los primeros en usarlo. La casi universal fantasía de desfloración femenina —el cuerpo como primicia— se aprecia sublimada en el actual placer occidental por el llamado «unboxing», una moda de videos de desempaque, un goce colectivo por la experiencia de lo novedoso, una desvirgada sumaria a los objetos a través de sus cajas que esperan ser abiertas y penetradas por primera vez.
POR: Alejandro Ahumada













