Antes de entrar en materia, hagamos una limpieza de matorrales. Me agota, y creo que a muchos también, ese preámbulo casi obligatorio de: “No me gusta su música, pero…”. Esa frase es el salvoconducto que algunos usan para no perder sus “puntos de intelectual” o estatus de melómano refinado antes de admitir que lo ocurrido en el Super Bowl fue un hito cultural. cómo bien señala Pierre Bourdieu en “La distinción”, el gusto suele usarse como una herramienta de demarcación social. No se trata de qué escuchas, sino de qué desprecias para marcar distancia y decir: “Yo no soy como esa gente”. Ese miedo a ser asociado con el reggaeton, el perreo o el “bajo mundo” no es más que un clasismo -y a veces un racismo- encubierto por una falsa superioridad estética. No estamos aquí para analizar si Benito afinó en Do mayo o si su técnica vocal pasaría un examen de conservatorio; estamos aquí para analizar el poder de la identidad.
Porque, como dice Carl Wilson en su joya “Música de mierda”, el gusto es, en última instancia, una cuestión de identidad. El arte no siempre es estética; es mensaje, es sentimiento y, en el caso de Bad Bunny, es una redefinición de la narrativa latina desde el amor y la unión, no desde el resentimiento.
El contenedor imperialista
Resulta fascinante y contradictorio observar a Bad Bunny sobre la plataforma más grande del imperio estadounidense. Aquí entra el fantasma de Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”. El Super Bowl no es un simple escenario; es un dispositivo de asimilación cultural. Es el altar de “lifestyle” estadounidense, un espacio diseñado para que todo lo que entre en él se convierta automáticamente en mercancía.
Es lo que Joseph Heath y Andrew Potter llamaron en “The Rebel Sell” (Rebelarse vende) la dinámica de la “rebeldía permitida”. El sistema es tan sofisticado que no teme a la disidencia; la desea. No necesita silenciar, le basta con patrocinar. El mercado absorbe la rebeldía y la presenta como una atracción más de un parque temático. Ver a Benito criticar al sistema mientras el sistema factura millones con su imagen nos da una falsa sensación de victoria. Creemos que estamos venciendo al “monstruo” desde adentro, cuando en realidad, el monstruo simplemente está diversificando su cartera de clientes. Es una paradoja: el artista usa la plataforma para la crítica, pero su sola presencia valida y beneficia económicamente a la estructura que pretende cuestionar.
No soy de aquí, ni soy de allá…
Sin embargo, quedarse sólo en la crítica de la cooptación sería una visión cínica o, como diría Rosalía: una narrativa reduccionista. Aquí es donde entra Homi K. Bhabha y su libro “El lugar de la cultura”, hay un tercer espacio, una zona de penumbra donde la identidad no se rinde ante la cultura dominante, ni se queda aislada en el purismo. El conejo malo no se mimetiza con el estándar anglosajón, pero tampoco se quedó en la periferia. Se instala en la grieta del sistema.
En el show de medio tiempo, Benito no pidió permiso. Llevó a las señoras que ponen uñas, los puestos de comida, el salseo, el niño dormido en la silla de la fiesta familiar. Llevó la cotidianidad latina a un espacio que históricamente nos ha querido deshumanizar o caricaturizar. Benito habita una posición política potente porque utiliza las reglas del poder para forzar a la audiencia anglosajona a mirar historias. Es una negociación de resistencia: acepto tus reglas de juego (Super Bowl) para hackear tu narrativa y humanizar lo que figuras como Trump ha intentado eliminar. No es una solución definitiva a la situación política de Puerto Rico o de los latinos en EE. UU., pero es un acto de presencia que obliga al mundo a opinar y, sobre todo, a ver.
De Alfredo Jaar al Perreo: “This is not America”
Esta intervención me recuerda inevitablemente a Alfredo Jaar. En 1987, Jaar colocó en Times Square su icónica animación “This is not America”, donde mostraba el mapa de EE. UU. y la palabra “America” tachada, recordándonos que América es un continente entero, no un país.
Bad Bunny hace una actualización pop de esa misma guerrilla semiótica. Al subir al escenario y negarse a cantar en inglés (o hacerlo bajo sus propios términos), al proyectar visuales que celebran la identidad de los pueblos que han construido la cultura estadounidense desde los márgenes, al nombrar cada uno de los países que conforman a América, está lanzando un mensaje similar: “Esto también es América” o como decía en el balón más visto este domingo “Juntos somos América”. No es un ataque desde el odio, sino una visibilización humana. Es recordarle al imperio que su cultura está cimentada sobre las espaldas, el ritmo y la lengua de aquellos a quienes intenta segregar.
Politizar un show de entretenimiento
Muchos se preguntan: ¿Por qué tiene que ser político un show de medio tiempo? ¿Por qué no puede simplemente cantar y ya? Virginia Woolf, en sus reflexiones sobre “Los artistas y la política”, ya advertía que el creador del siglo XX (y hoy más que nunca en el siglo XXI) no puede permitirse el lujo de la neutralidad.
El mundo exterior invade el estudio del artista. Cuando tu país está sufriendo apagones, cuando tu gente es desplazada por la inseguridad o las leyes injustas, cuando tu identidad es utilizada como piñata política, la neutralidad es una forma de complicidad. Woolf argumentaba que el artista se ve obligado a involucrarse incluso a la supervivencia de su propio arte. Bad Bunny entiende que su plataforma no es un adorno, sino una responsabilidad. Su involucramiento no es un “capricho progue”, es una respuesta orgánica a una realidad que lo golpea a él y a los suyos.
Ignorancia lingüística y el esteticismo
Regresando a los críticos de “no le entiendo lo que dice”, hay que llamar las cosas por su nombre. La crítica a su dicción o a la falta de “técnica” suele ser un síntoma de ignorancia lingüística y prejuicio. Se ignora que el lenguaje es vivo, que el dialecto de la calle tiene su propia gramática y que la música no siempre es para ser analizada en una partitura, sino para ser sentida en el cuerpo.
Democratizar el arte no significa que a todos nos tenga que gustar lo mismo. Significa comprender y respetar el hecho de que millones de personas se identifican con esa música porque refleja sus vidas, sus duelos y sus alegrías. La música de Benito es el eco de una identidad que por fin se ve representada en el centro del mundo, sin pedir disculpas por su acento o por su forma de vestir.
Un paso, no la meta.
¿Es el show de Bad Bunny una revolución? Probablemente no. Es, como diría Bhabha, una negociación parcial. Sigue estando dentro del contenedor del consumo y sigue alimentando al sistema. Pero es una contradicción necesaria. Es el uso del “estilo” como campo de batalla.
Al final del día, analizar este fenómeno requiere complejidad. No se trata si Benito es “suficientemente” revolucionario o si el reguetón es “buena” música. Se trata de reconocer un momento en el que el centro del imperio tuvo que detenerse a escuchar un mensaje en español, a ver la estética de una comunidad que se niega a ser borrada y a aceptar que la narrativa ya no la escriben ellos.
Benito no cambió las leyes migratorias esa noche, pero logró algo que a veces es igual de difícil: hizo que la gente volteara a ver. Y en un mundo que prefiere que los “otros” se mantengan invisibles y callados, presentarse con orgullo, con amor y un par de “puestos de comida” en el escenario más caro del mundo, es, por lo menos, un acto de insurrección poética.
POR: Marisol Iturríos
















