En el año 63 antes de Cristo, en plena crisis de la República romana, el Senado debatía qué hacer con los conjurados de Catilina, un grupo que había conspirado contra el Estado. Julio César propuso clemencia; Marco Porcio Catón, en cambio, exigió su ejecución inmediata.
El historiador Salustio inmortalizó aquel debate no tanto por la brillantez retórica de los argumentos, sino por lo que revelaba sobre la naturaleza misma de la República, es decir, que su fortaleza residía en permitir que dos visiones opuestas se enfrentaran públicamente, sin que ninguna pudiera imponerse por decreto o por la fuerza.
En esa tensión irresuelta entre la misericordia de César y la severidad de Catón, habitaba la esencia de lo republicano, el reconocimiento de que no existe una sola respuesta correcta a los dilemas del poder y de que la salud del Estado depende de preservar ese espacio de confrontación organizada. Algo semejante expresaría Thomas Hobbes 17 siglos después al señalar que el Estado no nace para suprimir el conflicto, sino para impedir que nos destruyamos a causa de él.
Aquella escena del Senado romano ayuda a leer el presente. La iniciativa de reforma electoral mexicana nos obliga a recordar que la política, en su esencia más pura, es la gestión organizada del desacuerdo.
El forcejeo actual —con acusaciones cruzadas e interpretaciones encontradas del interés nacional— no es, como sostienen algunos comentaristas, la señal inequívoca de un sistema en ruinas. Puede leerse, más bien, como evidencia de que el sistema sigue respirando. El filósofo alemán Carl Schmitt definió lo político a partir de la distinción entre amigo y enemigo (así como lo bueno-malo define lo moral, o lo bello-feo define lo estético), pero fue la filósofa Hannah Arendt quien rescató el lado menos amenazante de esa idea cuando escribió que la política es el espacio donde las diferencias humanas no se esconden, sino que se expresan; donde los desacuerdos no se disfrazan de falsa unidad.
La reforma electoral —más allá de la posición que se tenga frente a su contenido— nos recuerda algo que la filosofía política clásica siempre supo pero que nosotros solemos olvidar: si existiera un interés general indiscutible para todos, la política sería innecesaria. Bastaría con técnicos, con algoritmos, con la simple administración de lo evidente.
Sin embargo, la política existe precisamente porque esa claridad no existe, porque los seres humanos en sociedades complejas no siempre logran ponerse de acuerdo sobre lo justo, lo útil o lo deseable. Y ante esa imposibilidad, la democracia, con todas sus imperfecciones, ofrece un método para que el conflicto no se resuelva con violencia.
Aquí es crucial distinguir entre la política como ejercicio dotado de virtudes prácticas y la politiquería, esa mezcla de trucos, falsedades y relatos prefabricados que ciertos analistas ofrecen como mercancía mediática. La primera supone un uso responsable del poder y, como tal, aspira a ordenar el conflicto; la segunda lo reduce a espectáculo.
Si bien el México actual no es la Roma de Julio César y de Catón, comparte una tentación recurrente por creer que el conflicto es una anomalía que debe extirparse, en lugar de reconocerlo como la condición misma de la política. Una reforma electoral, como toda transformación institucional profunda, redistribuye poder: da más a unos, quita a otros y cambia los equilibrios. Que esa redistribución genere resistencia es la prueba de que la política está viva.
A modo de cierre, conviene precisar que esto no es una defensa del caos ni una exaltación del enfrentamiento; es, simplemente, un recordatorio teórico. La política no es la ciencia de la armonía, sino el arte de reconciliar de manera provisional lo irreconciliable a través de instituciones. Su virtud no consiste en eliminar al adversario, sino en transformar al enemigo en oponente legítimo, al oponente en interlocutor y al interlocutor en parte de un pacto que, aun frágil, haga posible la convivencia.
Por: Mario Cerino Madrigal













