Somos lo que sentimos: De Unamuno al Guasón

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Somos lo que sentimos, lo demás es lo de menos. Aunque las apariencias engañen en medio de este mundo de consumo y superficialidad, hay algo más que cuerpo, y eso es el alma, el corazón, ahí donde residen nuestros sentimientos todos y son invisibles al otro, a veces incluso a nosotros mismos. Ahí también viven nuestras necesidades, pero ¿por qué no vemos lo que necesitamos ver? ¿Por qué confundimos nuestra necesidad verdadera con cualquier otro accesorio? 

En medio de esta ceguera espiritual, es absurdo pensar que seamos capaces de mirar las necesidades de los demás si no podemos mirar las propias, esas que radican en nuestro ser y a veces gritan a través del cuerpo y su enfermedad. Pero, ¿cómo lograr que mi cuerpo y mi alma estén saludables? ¿Cómo advertir cuando no lo están? 

Hace algunos días tuve mi encuentro con el Joker y encontré que todos somos un cúmulo de carencias. Al mirar este filme, más que horas de entretenimiento, sentí desconcierto al advertir el egoísmo y la falta de empatía que nos genera el tildado de “enfermo” por la sociedad. ¿Que acaso no todos estamos enfermos? En qué momento perdimos el camino y empezamos a etiquetar para rechazar lo que pensamos no somos. Qué equivocados estamos como sociedad. Sin duda, creamos nuestros propios monstruos.

Para Miguel de Unamuno: “nuestra filosofía (…) nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y ésta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez”. La voz de este filósofo español no asombra, sabemos que mucho de lo que somos y de lo que pensamos radica en nuestro inconsciente, esos sentimientos adheridos a nuestra mente y a nuestro cuerpo. Sin embargo, ¿cuántos de eso que sentimos realmente nos pertenece? ¿Cuánto de nuestras creencias y sentimientos nos han sido heredados? ¿Quién nos enseñó a llamarle miedo al miedo y monstruo al monstruo? El dedo con el que señalamos al otro, en realidad, nos señala a nosotros mismos.

La forma en que miramos al otro es en verdad la manera en que nos vemos. Cuánta repulsión nos puede generar aquel que grita su miseria e implora de nosotros un poco de piedad. No se trata de atribuir al sistema o a la sociedad esa indiferencia al herido, ese marginar al que debiera arropar. Cada uno de nosotros de una u otra forma lo hemos marginado al pensar que no es nuestra responsabilidad arroparlo, o siquiera mirarlo. ¿Por qué no lo miramos? ¿Acaso porque no somos capaces de mirarnos?

Psicópata o sociópata, qué más da la etiqueta que elijamos colgarle al Joker, porque él es apenas un reflejo de la manera en que sepultamos lo que no queremos ver. La sociedad agoniza entre memes y selfies, entre la risa y el ego, ¿en dónde estamos parados? ¿Cuántos Jokers o guasones me han dado su sonrisa lacerante? ¿A cuántos de ellos he golpeado con ese letrero? ¿A cuántos he regalado un arma para acabar con su vida en lugar de sanarla? Cierto, no todos somos profesionales de la conducta humana, y no todos tenemos el poder de brindarles una vida plena, o apenas digna. No obstante, todos somos humanos, todos somos el otro para abrazar al otro. Aún quedan muchas preguntas sin responder. Mientras tanto, Unamuno nos recuerda que nuestra forma de comprender es nuestra forma de sentir, y nuestra forma de sentir es nuestra forma de ser, aquel poder invisible que se traduce en los actos para bien o para mal. Carpe diem.

 

              

    

   

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