Alguien me dijo una vez: hay acciones que un trabajador realiza por las que no debería recibir agradecimiento, porque forman parte de su responsabilidad; hay obras que un gobierno entrega por las cuales no se debería agradecer a las autoridades, porque cumplirlas es su obligación. El argumento tiene su lógica, pero pierde de vista algo fundamental: el acto de agradecer transforma más a quien lo expresa que a quien lo recibe. No se trata de un favor que hacemos a los demás, sino de un regalo que nos damos a nosotros mismos.
Cuando decimos “gracias”, el cerebro desencadena una extraordinaria cascada química. Un estudio publicado en “Social Cognitive and Affective Neuroscience” reveló que la expresión de gratitud se asocia con variaciones en el gen CD38, involucrado en la regulación de la liberación de oxitocina, una hormona que desempeña un papel central en los procesos de vínculo, confianza y conexión entre las personas. Pero el hallazgo más fascinante es que el principal beneficio no recae en quien es objeto del agradecimiento, sino en quien lo expresa. La investigación, que involucró a 77 parejas, encontró que quienes manifestaban gratitud reportaban sentirse más amorosos y experimentaban altos niveles de paz y orgullo.
Los filósofos estoicos, hace más de dos mil años, ya lo sabían. Séneca escribió en sus “Cartas morales” —o “Epístolas a Lucilio”— que la gratitud es una postura interior proactiva y consciente que enriquece la vida de quien la práctica, liberándolo de la amargura y el resentimiento. Marco Aurelio, el emperador filósofo, elaboraba listas de personas por las que se sentía agradecido. Su consejo era claro: cultivar una actitud agradecida en el momento presente por cualquier cosa que se cruce en nuestro camino. No se trataba de negar el sufrimiento, sino de elegir conscientemente dónde colocar la atención.
Es precisamente en la adversidad donde el agradecimiento revela su mayor poder. No elimina el dolor, pero nos ofrece una lente distinta desde la cual contemplarlo. Pensemos en los desafíos que enfrentamos: ¿y si esos obstáculos no fueran castigos, sino oportunidades disfrazadas? La vida —o Dios, o el universo, según nuestras creencias— nos coloca frente a dificultades que fortalecen la resiliencia y la capacidad de salir adelante.
Incluso ante quienes nos critican u ofenden, el agradecimiento puede funcionar como un escudo. Esas personas suelen albergar emociones nocivas que, sin nuestra vigilancia, llegan a volverse contagiosas. Sin embargo, cuando reconocemos que nuestra actitud está bajo control, nos protegemos del veneno ajeno. Como escribió Viktor Frankl: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”.
Así pues, cuando agradecemos al empleado por hacer su trabajo o al servidor público por cumplir su deber, no estamos premiando lo mínimo esperado. Estamos generando un círculo virtuoso de emociones positivas. Ese simple gesto de decir “gracias” activa en el cerebro regiones asociadas con el bienestar, libera hormonas que nos conectan con los demás, reduce el nivel de estrés y fortalece nuestra capacidad para enfrentar lo que venga.
El poder del agradecimiento no reside en cambiar las circunstancias externas, sino en transformar nuestra relación con ellas. Es comprender, como sabían los antiguos filósofos y confirma la ciencia moderna, que en el acto de agradecer no solo honramos lo que hemos recibido, sino que nos convertimos en personas más plenas y genuinamente felices.
¡Gracias por todo, absolutamente por todo, 2025!
CANDILEJAS
Los tibetanos dicen que un enemigo es el mejor maestro, porque solo un enemigo ayuda a desarrollar paciencia y compasión. Quizá por eso la capacidad de agradecer incluso lo difícil sea el ejercicio más transformador de todos.




