El amor II

El amor II

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Genaro Solís tenía un corazón tan grande, que le alcanzó para cuatro matrimonios y tres divorcios que se resumían en una pensión alimenticia que abarcaba el 60% de su salario, de por vida. Pero él, que desde joven andaba por las calles con los mismos pasos de Don Juan, como su padre y su abuelo, no le preocupaba su disminuido poder adquisitivo, total, su "capacidad de amar" había salió ilesa de esas relaciones tóxicas, como dicen los millenials. 

Cada mañana decía frente al espejo, que la vida es corta y no podía preocuparse por algo tan vano y vulgar como el dinero. Pensamiento que no compartía Justina, su cuarto y único verdadero amor en su vida, que se quejaba en silencio cuando pasaban por las avenidas las "ex" de su marido en camionetas de último modelo y ella, las veía desde la ventanilla de la combi o del transbús. Aunque le parecía incómoda la situación, tampoco lo decía a voz alta, es más, estaba agradecida que Genaro, cuando la vió desesperada y frágil, le abriera la puerta de su casa en Villa Del Cielo a ella y a sus tres hijos y bueno, Justina que había sufrido en la infancia la precariedad que se vive en la mayoría de las  rancherías de Huimanguillo, a diario hacía con el 40% sobrante del sueldo de su nuevo marido, el santo milagro del "pan y los peces". 

La vida transcurría sin aspavientos hasta que una tarde de San Valentín en un puesto de tacos en el mercado de la Sierra, Cupido (¡caramba Cupido!) envío sus flechas amatorias sin desvío y Genaro y una joven bachiller de cabellos rojos quedaron ensimismados en la profundidad de la mirada del otro y en apenas unos segundos, cuando las manos de ambos sostenían el mismo plato con cebolla, cilantro, limones y salsa verde, comprendieron que el amor a primera vista, si existe, bueno, ella no sabía de esos quereres y él, entendió esa frase de que "no hay quinto malo". Apenas tres semanas para que ella entregue su inocencia y él las llaves de la moto, y empezó a no llegar a casa, a hacer turnos extras en el trabajo pero Justina, que de sonsa no tenía ni un pelo, sabía que ninguna pizzería en Villahermosa hace turno nocturno. Y se adelantó a los hechos, lo emborrachó para que Genaro firmara unos documentos y después de vender la casa y cinco hectáreas de un terreno, que él mantenía en secreto, se fue muy lejos, tan lejos como la chica del pelo rojo que juntó para veinte tanques de gasolina y al hacer una nueva vida en Tijuana, no vendió la moto, la guardó como recuerdo en la entrada de su restaurant de "salbutes&tacos". 

Genaro no se sintió solo, siempre lo había estado, y pasó en resto de su vida en el asilo de ancianos de "Parrilla"  queriendo enamorar a todas las viejitas que poco a poco se fueron muriendo cuando en su corazón, volvían a experimentar la peligrosa taquicardia que provoca la endorfina...

 

 

@Chocoashushao

 

 

              

    

   

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