La palabra chairo designaba en la década de los sesenta del siglo XX a un joven asiduo a la masturbación. Hoy existe una segunda acepción parida por políticos de derecha: chairo como seguidor radical de las ideas de izquierda, esto por las chaquetas mentales que se hacen estos últimos al esperar un cambio. No es broma.
Sabiendo esto —o quizá no—, el polémico presidente de Argentina, el ultraderechista Javier Milei,opinó tiempo atrás sobre los seguidores del exmandatario mexicano López Obrador —los llamados chairos— enlazando descaradamente ese adjetivo con sus penes. Con la habilidad que lo distingue y fiel a su estilo incendiario, Milei se refirió a los chairos como «resentidos» y «envidiosos» por criticar y reclamar de manera constante lo ya establecido. Milei los ubica en un no muy honroso grupo que suele llamar «El Club de los penes cortos», explicando después su punto al añadir: «Porque, básicamente, ¿quién reclama por el pene promedio? ¡El que la tiene chiquita!», diciendo esto último mientras alzaba la voz de forma histriónica ante el festejo de hombres y mujeres. Nos guste o no, el controvertido hombre tiene razón, ya que la crítrica al tamaño promedio del miembro viril viene generalmente de quienes están debajo de la media. Nadie con un bulto hipertrofiado entre las piernas entra en el debate, simplemente es algo que no le interesa.
Pero lo anterior expone algo más que lo que se mira en una primera intención: la tendencia masculina a medirse con relación a su pene. Un tamaño Adame parece ser vergonzoso, pero una medida tipo Willem Dafoe —ese gran actor que oscila entre Pelotón y Spider-Man— es ansiada, máxime cuando las leyendas urbanas cuentan que durante la filmación de la película Anticristo, su director, Lars von Trier, decidió utilizar un doble en las escenas de desnudos para no distraer a la audiencia, dado el tamaño superlativo de su miembro. Hablar de un Club de los penes cortos —así sea en broma— va más allá de la idea de una congregación de sujetos con falos diminutos, pues el campo semántico que se despliega a partir de aquí abarca un universo de hombres sensibles e —incluso— histéricos, vamos, feminizados. Parece que el tamaño del miembro es inversamente proporcional a los atributos históricamente dados a las mujeres. La lógica tiene sentido, entre más chico más femenino, y así hasta la desaparición total, la temida emasculación que hace que parezca una plana vulva. ¿Se intuye a dónde va todo esto? ¡Claro!, el Club de los penes cortos no es solo un descrédito por parte de los hombres de pene grande (o que consideran tenerlo grande) a los de pene chico, es el desprecio velado a la mujer, pues el chiste se sostiene en la idea que entre más grande más masculino y consecuentemente más alejado de lo aberrantemente femenino.
Si los chairos —sean quienes sean— son resentidos, envidiosos o tienen el pene corto, no tengo la menor idea, y esta duda razonable aplica también a los militantes de derecha. La crítica al hombre por el tamaño de su miembro es una especie de frenología, aquella pseudociencia tan en boga en el siglo XIX que afirmaba que el carácter y la personalidad podían distinguirse por el tamaño, protuberancias y hendiduras del cráneo. De la misma manera, la frenología fálica insiste en saber el valor, la inteligencia o calidad moral a partir de la estructura anatómica del pene, una apuesta teórica absurda que —sin embargo— parece dar confianza a muchos hombres y no pocas mujeres, sin importar que su pensamiento político sea de derecha o de izquierda.
Por: Alejandro Ahumada
















