Hace doce años Morena obtuvo su registro como partido político. Sin embargo, su historia comenzó mucho antes, en plazas públicas, caminatas por los municipios, asambleas populares y un discurso que prometía cambiar una forma de hacer política que durante décadas había privilegiado los intereses de unos cuantos.
Nació como un movimiento que hablaba de honestidad, austeridad, cercanía con el pueblo y combate a la corrupción. Millones de mexicanos no solamente votaron por un partido; votaron por una esperanza.
Y esa esperanza cambió al país.
Es imposible entender la política mexicana sin reconocer que Morena modificó el mapa electoral, rompió el antiguo sistema de alternancia entre los partidos tradicionales y llevó al poder un proyecto que impulsó reformas profundas, recuperó el papel del Estado en áreas estratégicas y colocó nuevamente en el centro del debate a quienes históricamente habían permanecido al margen de las decisiones públicas.
Pero el verdadero impacto de un movimiento no se mide únicamente por las elecciones que gana, sino por los cambios que logra en la vida de las personas.
Hoy, más de 33 millones de mexicanas y mexicanos reciben de manera directa algún Programa para el Bienestar, una política social que ha convertido apoyos como la pensión para adultos mayores, las becas para estudiantes, los apoyos a personas con discapacidad y diversos programas productivos en uno de los pilares del Estado mexicano.
Las cifras oficiales también muestran una reducción histórica de la pobreza respecto a 2018. Más de 13 millones de personas dejaron esa condición, mientras el salario mínimo registró los mayores incrementos en décadas y los programas sociales fueron elevados a rango constitucional, garantizando su continuidad como derechos y no únicamente como políticas de gobierno.
Sería injusto negar esos avances.
Los datos existen.
Son medibles.
Y forman parte del legado que Morena ha construido desde el gobierno.
Pero también sería un error pensar que el mayor reto de Morena sigue siendo la oposición.
Hoy su mayor desafío está dentro de casa.
Cuando un movimiento se convierte en el partido dominante comienza una tentación conocida en la historia política: abrir las puertas para ganar más elecciones.
Morena dejó de ser únicamente el partido de quienes lo construyeron desde abajo y comenzó a recibir a personajes provenientes del PRI, PAN, PRD y otras fuerzas políticas.
Muchos llegaron con experiencia.
Otros llegaron únicamente porque el poder cambió de manos.
Ahí nace una pregunta que millones de simpatizantes se hacen:
¿Se fortaleció Morena… o empezó a perder parte de su identidad?
No toda incorporación es negativa.
Hay mujeres y hombres provenientes de otras fuerzas políticas que han demostrado compromiso, capacidad y resultados.
Pero también existen perfiles cuya llegada ha provocado inconformidad entre la militancia histórica, porque representan exactamente aquello contra lo que Morena surgió hace más de una década.
La política necesita sumar talento.
Lo que no puede permitirse es sumar prácticas que durante años fueron rechazadas por la ciudadanía.
A ello se agregan desafíos que siguen marcando la agenda nacional: consolidar un sistema de salud con cobertura y calidad para todas y todos, fortalecer la seguridad pública, combatir la corrupción en todos los niveles de gobierno y mantener la cercanía con una ciudadanía que hoy exige resultados, transparencia y congruencia.
Gobernar desgasta.
Administrar el poder exige decisiones difíciles.
Pero conservar la credibilidad siempre será más complicado que ganar una elección.
Quizá el verdadero examen para Morena ya no sea electoral.
Será demostrar que puede seguir siendo un movimiento con principios aun cuando hoy sea el partido más poderoso del país.
Porque la historia enseña que los partidos rara vez caen por la fuerza de sus adversarios.
Con frecuencia comienzan a debilitarse cuando olvidan las razones por las que la gente confió en ellos.
A doce años de su registro, Morena tiene una oportunidad histórica: demostrar que el poder puede transformar al país sin que el poder termine transformando al propio movimiento.
Porque los partidos nacen para competir por el poder.
Los movimientos nacen para cambiar la historia.
Y cuando un movimiento llega al gobierno, el desafío más grande ya no es ganar elecciones.
Es conservar el alma que lo hizo posible.
Por: Grace Bravata
















