«Si ha estado luchando contra la adicción a la pornografía, la masturbación compulsiva u otros comportamientos sexuales no deseados y se siente incapaz de detenerse, está en el lugar correcto». Así se anuncia en su página web una particular organización creada en 2002 que combate desde una trinchera cristiana —y muy a su manera— contra la influencia de la pornografía y sus derivados. En convenciones sexuales reparten biblias que en la portada muestra al nazareno bajo una frase que dice «Jesús ama a las estrellas del porno». La idea es que actores, actrices y todos aquellos infectados con esta ponzoña sexual encuentren la redención en las Santas Escrituras sabiendo que nadie está fuera de ser salvado. ¿El nombre de esta organización? XXX Church (Iglesia XXX).
Parece que esta iniciativa enseña a coger como Dios manda, motivando alejarse de prácticas impuras y creando una normativa fuera de la lujuria sobre el cuerpo: adiós a posiciones sexuales extravagantes como el trapecio, la amazona o el dragón, realizadas todas por quienes no temen un desgarre muscular, una contractura o el castigo eterno en los fuegos del Infierno; bienvenida sea la tantas veces minimizada posición del misionero, nombrada así justo por ser la única aceptada por quienes esparcían la palabra del Evangelio en las llamadas poblaciones salvajes. Valga decir que un documental que habla sobre el origen de XXX Church se llama «Missionary Positions», un juego de ideas que establece la postura ideológica de sus misioneros con el nombre de la citada posición amatoria. Tiene gracia, debe reconocerse.
XXX Church ha emprendido una cruzada para dignificar lo sexual, según dicen, enseñando cómo se debe hacer el sexo, mismo que se ha desviado, remarcan, gracias a las películas con narrativas lascivas. Una de sus máximas representantes es Jenna Presley, expornstar que renunció a la inmoralidad para refugiarse en la esfera religiosa, después de casarse con un reverendo. Presley, de 36 años, habiendo grabado casi quinientas películas a razón de tres escenas diarias, se ha convertido en promotora del sexo correcto, aquel que debe hacerse según dictaminan las buenas costumbres.
Y ahí es donde falla XXX Church, pues intenta reglamentar algo que escapa a la reglamentación. Se ha dicho ya, lo sucio de la pornografía no es lo que muestra, sino cómo lo muestra, queriendo mandatar sobre lo que es el cuerpo y lo que debe hacerse con él, tal como la citada organización. Tanto esta como la industria porno son perversas en el sentido que pervierten y alteran la idea de algo. En el caso del porno, este hace del sexo algo «sucio», mientras XXX Church lo hace «limpio», un sexo idealizado que se empecina en omitir la dimensión lúdica cargada de voluptuosidad. Sexo blanqueado, listo para consumirse sin culpa. El sexo no culposo es sexo alterado, tanto como el intrínsecamente perverso del ofertado por la pornografía. Sexo —ambos— creados a modo, artificiales, plásticos, uno para la moral cristiana y otro para la inmoralidad del porno. «Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre», decían.
Los peligros de reglamentar lo sexual crea curiosos espacios sociales que sirven de válvula de escape y que en el imaginario colectivo son vistos de forma inocua, como las aplicaciones virtuales tipo OnlyFans que perpetúan la explotación sexual y fomentan la prostitución, pero ahora desde un aire chic. Mirar el sexo desde cualquier extremo —muy sucio o muy limpio— crea representaciones ficticias que en poco ayudan —sobre todo— a los más jóvenes, a aquellos que están ávidos de información, que buscan conocer más allá de categorías simplistas que oscilan entre lo impuro del porno o lo puro de lo celestial.














