Para muchos, los senos femeninos son el espacio de ambigüedad corporal por antonomasia. Símbolo de lo materno y de lo concupiscente, de lo más noble o lo más vulgar. Los senos amamantan, siempre, ya sea a un bebé o las fantasías ajenas. De ahí la discusión sobre la negativa de las redes al mostrarlos, pues al hacerlo ¿se hace desde una postura maternal o una cargada de obscenidad y lujuria? La intensión de la fotografía de una mujer exhibiendo los pechos cambia dramáticamente si sobre ella se coloca la frase «Cáncer de mama» o el logotipo de Playboy. El cielo y el infierno en un mismo lugar.
Y es este espacio anfibológico, y por lo mismo cargado de confusión, lo que más incomodidad causa. Su ambigüedad perturba a muchos. «¿Los miro con infinito respeto o con un deseo cargado de voluptuosidad?», parecen preguntarse. Para algunos no hay punto medio. Y en su intento por hablar de los senos se cometen pifias que en realidad no hablan de ellos sino de la angustia a esta parte del cuerpo femenino. Así, de vez en cuando los políticos nos ofrecen joyas lingüísticas dignas de alguna antología vulgar. Hace unos días, en el marco de un debate en Aguascalientes para la instalación de lactarios —espacios privados para amamantar—, después de exponer una diputada la obvia incapacidad masculina para alimentar a un bebe desde sus pechos, el finísimo diputado morenista Fernando Alférez dijo «…los hombres también tienen leche», en clara referencia al líquido seminal. Un rústico comentario digno de las carpas y de la cultura de Brincosdieras, un comentario para nada justificable en una tribuna parlamentaria. Asociar el líquido materno para la lactancia con el semen, a través de la palabrea «leche», es una práctica —debe reconocerse— utilizada en un permisivo lenguaje de alcoba, pero decir ∂ lo como algo cotidiano, eso es otra cosa.
En igual dirección, la misma incomodidad por los pechos queda demostrada cuando se les quiere alabar y lo que resulta es un comentario desastroso, tal como lo expuso días antes el periodista bufón Lord Molécula, que al querer mostrar un respeto casi místico a esta aludida parte femenina dijo en una conferencia de prensa sobre la prevención del cáncer de mama: «Un agradecimiento a todas las mujeres de México, porque gracias a sus chichis fuimos amamantados todos los que estamos presentes». Increíble. Cierto es que «chichis» viene de chichihualli, palabra náhuatl para señalar los senos, pero, nuevamente, fuera del contexto apropiado solo revela lo incomodo que resultan los pechos para algunos. Muy diferente al «¡Chichis pa la banda!», grito impúdico de batalla vociferado generalmente en conciertos, un juego avalado por ellas y ellos, un momento donde algunas desinhibidas féminas levantan su blusa ante los presentes, espectáculo consensado donde mujeres que ansían reconocimiento masculino lo reciben de un enardecido grupo con clara fijación edípica.
Al no poder afrontar esa parte de la anatomía femenina, algunos la miran como un espacio divino o como mero lugar de fantasías eróticas. Para ellos no hay punto medio, los senos van en el cielo o en el infierno, es decir, se coloca al cuerpo ajeno o muy arriba o muy abajo, nunca frente a uno, imposibilitando así la verdadera igualdad y equidad
POR: Alejandro Ahumada













