Un cuerpo añoso siempre es tema. El avejentado Fausto de Goethe realizó un pacto con Mefistófeles para acceder a los favores de su joven amada. Es el principio de la fuente de la eterna juventud, la idea de un rechazo a los años acumulados.
Pero las exigencias modernas no se conforman ya con hacer a un lado los cuerpos marchitos, sino que discriminan incluso aquellos en la medianía de edad. Ser señor o don pasó de ser un título cuasi nobiliario a una etiqueta que destierra de un mundo que cree estar totalmente habitado por lozanas pieles. Quizá la frase que aglutina lo dicho es el «¡Siéntese señora!», sentencia que nace como broma y que como todas las guasas esconde un deseo. El «¡Siéntese señora!» pretende silenciar a los no tan jóvenes bajo una crítica ad hominem, esto es, una falacia que desacredita al otro tan solo por su físico, en este caso un físico supuestamente marchito y desmejorado.
Nombrar «señor» o «señora» dejó de tener ese aire de respeto victoriano para adjetivar a quien no debería hablar porque ya no está en edad de hacerlo. El señor o la señora aludidos no son vetustos decadentes, son individuos que apenas pasan de la treintena pero que sobre todo no tienen ya un comportamiento, digamos, juvenil. Al señor o la señora se les manda a sentar cuando sus opiniones difieren de la tendencia. Expresar una idea con sólidas bases morales o éticas convierte de facto un adulto en un señor, cosa para nada igual: el adulto solo tiene años, mientras el señor esta física y moralmente avejentado. Según.
Y aquí el asunto empieza a tomar forma, pues parece que lo que «aseñora» no es tanto una cuestión de edad como un apelar a principios de decoro, integridad y decencia, además de una dimensión estética. Veamos: que una cuarentona perreé no está mal siempre y cuando lo haga acorde a las estéticas juveniles imperantes, pero si su baile se mira anacrónico de inmediato surge del fondo de la pista el grito «¡Siéntese señora!». Del mismo modo, pero en dirección contraria, si decide no bailar y expresa su desagrado ante los movimientos corporales característicos de ese ritmo, de igual manera se le mandará a sentar recordándole que ya no está en edad de opinar.
Hasta no hace mucho, la denominación «señor» o «señora» implicaba un aura de consideración y deferencia por la experiencia adquirida. Se portaba con orgullo una corona platinada que servía como indiscutible diferenciador. Ya no. Para muchos, ser señor o señora es portar un cuerpo y una moral descolocada a las exigencias contemporáneas. Si alguna dama que ya pasó la edad juvenil exalta una vestimenta pasada de moda y, en consecuencia, anticuada sin duda escuchará cerca de ella el «¡Siéntese señora!»; si proclama que un cuerpo nacido femenino no podrá asumirse masculino tan solo por desearlo, también oirá un «¡Siéntese señora!»; si desdeña la atonal cantaleta de Bad Bunny, seguro recibirá un «¡Siéntese señora!». Vamos, que si alguien no se mira con las estéticas actuales o decide opinar diferente, seguro le mandarán a sentar recordándole la edad.
POR: Alejandro Ahumada













