Bajo el sello de Bibliófagos, se presentará este 11 de marzo en el marco de la Feria internacional del libro UJAT, 2026, El alumno apático. Breve ensayo sobre la educación académica, texto de mi autoría. Debo decirlo, es una hermosa edición, custodiada por Mario Cerino, el editor.
El alumno apático es un texto que sin cortapisas analiza la falta de un espíritu anhelante por aprender, pero más aún, la falta de un espíritu anhelante por enseñar. Debo decirlo, los tantos alumnos apáticos son consecuencia de un sistema desidioso y descuidado, más preocupado por las matrículas y los documentos que por una trasmisión del saber. Leemos en el libro citado: «Las aulas atestiguan catedráticos sin gusto por la docencia, sin las cualidades mínimas que cualquiera que aspire a enseñar y educar debe poseer. Tiene sentido: si al momento de contratarlos los parámetros son la necesaria entrega de documentos que avalen la formación, más una clase muestra —que poco dice de la maravillosa mística que algunos profesores son capaces de crear al interior de una clase real—, en poco tiempo el resultado será una plantilla docente con individuos no aptos para la labor aspirante. El reclutamiento del profesorado debería ser una actividad que no se limite a cumplir las actuales directrices institucionales, sino que también tome en cuenta una serie de factores casi intangibles, pero necesarios, dada la significativa responsabilidad de la tarea. La malintencionada frase “El que sabe hace; el que no sabe enseña” busca desacreditar la imagen del catedrático al sostener que este no conoce de su praxis y aún así se dedica a enseñarla. Sin embargo ¿cómo argumentar en contra cuando algunos infames profesores lo son solo porque no han podido integrarse al mercado de trabajo para el cual estudiaron y terminan por ampararse bajo los tejados de la academia? La escuela como refugio laboral es una de las prácticas más dañinas para la educación. Afortunadamente, la docencia como un comodín no es generalizable y los tantos buenos maestros dan cuenta de ello. Pero la marca que deja en el estudiante un profesor que concibe las horas de clase como mera condición para el cobro salarial es brutal, de ahí la importancia de visibilizar este hábito.
»Y la lista de malas prácticas continua. Profesores que no dimensionan la repercusión del aprendizaje vicario, que les resulta indiferente la responsabilidad y obligatoriedad moral que adquieren al momento de conducir un grupo; profesores improvisados, muchas veces incultos, impuntuales, desganados, descuidados, sin conocimientos básicos de pedagogía, de manejo grupal, de didáctica; profesores que por mucho menos de treinta monedas de plata venden la calificación y con ello su alma […]».
Ante maestros impedidos para motivar, el salón se atesta de alumnos que responden con un «No me importa» frente el universo que representa el saber, y en vez de analizar la situación inventamos trastornos para justificar la apatía. Se lee también en el texto: «Adjetivos como pereza, distracción, impertinencia y procrastinación, poco a poco van perdiendo fuerza como palabras para describir las conductas perjuiciosas en la juventud. Se les quiere evitar el dolor del reconocer la debilidad de su espíritu al convertir esas deficiencias en un problema somático. La enfermedad es contingente y ajena al ser. Si se está enfermo no hay responsabilidad. Esta separación cartesiana resulta muy conveniente al decir “Yo quiero, pero mi cuerpo/cerebro no me deja” […] Queremos desterrar el dolor de la vida e impulsamos a los jóvenes a vivir sin él, pero el dolor es columna de la existencia, para sentir los grandes bienes es preciso conocer los pequeños males».
Sobre esto y otro tanto se platicará este 11 de marzo. Gracias.
POR: Alejandro Ahumada
















