En 1969, el grupo británico Led Zepellin lanza su primer álbum. Ese mismo año se inaugura el sistema de transporte colectivo Metro, en la Ciudad de México, y Niel Armstrong camina en la Luna. Además, los cantantes galos Serge Gainsbourg y Jane Birkin lo declaran «Año erótico».
El 69 es el número prohibido por excelencia. La cifra se presenta sola ya que exhibe una posición amatoria irreverente, blasfema, descarada, desvergonzada y constitutivamente transgresora. El 69 es degenerado, puesto que no genera nada aprovechable: no hay embarazos, no hay hijos, tan solo puro y llano placer. Los triscaidecafóbicos evitan el número 13, los puritanos el 69. Aquellos que hacen del pudor su modo de vida lo miran como la encarnación, no del mal, tan solo de la en-carnación, del placer vuelto carne. Carne, palabra que concentra lo concupiscente de los actos amatorios.
Un enamorado dirá que uno más uno suma uno, pero el travieso escritor Raymond Queneau —en un acto de malabarismo numérico— dijo que uno más uno son sesenta y nueve. Cálculo —ambos— insensatos y estúpidos, tan alejados de la lógica y tan cerca de la realidad. A quienes no están enamorados o no son perversos, las operaciones no le saldrían. Se requiere amar o tener un espíritu lascivo para que estas disparatadas matemáticas tomen sentido. Por ello, las calculadoras de nuestros celulares insistirán en que uno más uno suman dos, y no uno o 69. Son máquinas, no saben de lo humano.
Ahora, el 69 son solo dos números. No hay más. No existe 69 en un trío, cualquier variante arrojaría otra cantidad, quizá el 142, el 465 o tal vez el 1208. No sé. Números sin sentido, asexuados, frígidos e impotentes. La grafía le da la razón, son dos números 6 y uno está de cabeza, ¿o son dos números 9 y el primero está invertido? Quizá no hay ninguno invertido y solo son, así nomás. En estos tiempos revisionistas, donde un amorfo multiculturalismo hace de las suyas, llamar al 6 «hombre» y al 9 «mujer» sería aberrante; la propuesta inversa igual encontraría detractores. Por otro lado, mirar en esos números dos mujeres o dos hombres es impensable para muchos, e insinuar que uno está arriba y otro abajo generaría discursos bizantinos sobre políticas corporales, por lo que nos quedaremos con la idea de la inclusión de un otro en el acto, sin etiquetar, sin jerarquizar, tan solo pensando que el 69 no es una práctica en solitario, no podría serlo, vamos, ni siquiera los contorsionistas —potenciales practicantes de la autofelación— podrían efectuarla. El 69 requiere de la otredad, de un uno más uno que no suma dos, un número que mira de frente (casi) a otro para constituirlo como tal, y así juntos mostrarse como una cifra maldita.
Con todo ello, el 69 es la posición que desarticula la autoridad y expone en acto la tan citada sentencia de Foucault: «el poder no se posee, se ejerce». Esto es, en el vaivén del encuentro amatorio, donde el control asume relevancia —«Te voy coger» o «cógeme»—, donde el poder va y viene y donde se cede y se arrebata, el 69 es el espacio sexual de equidad, un reducto en el que la simetría se impone y los juegos de dominación ceden: uno da y el otro también. Nadie manda. Nadie ordena. Nadie guía. El 69 es la pose que demuestra que estamos hechos del mismo barro y —en palabras de Job— somos iguales ante los ojos del Creador. Blasfemia.
POR: Alejandro Ahumada













