Ser nombrado migajero —o en todo caso, migajera— es una de las actuales etiquetas que más estigma causa. Y es que en una época donde todos se dicen triunfadores y empoderados, mostrarse vulnerable es casi el destierro social. Ahora, hay de migajeros a migajeros, y para bien del entendimiento, de manera empírica podemos hacer una taxonomía que divida en dos grupos a aquellos que con poco se conforman.
Grupo 1. El migajero circunstancial: En este grupo podríamos entrar todos, y los que crean que no pertenecen, solo es cuestión de tiempo. En el arduo camino del amor, tarde que temprano encontramos a alguien con quien bajamos la guardia. El superyó se repliega y manda al frente a un tímido yo que no tiene más que una misión: no perder al objeto amado. En el amor siempre se está vulnerable, y cómo no, pues regresamos a ese estado edípico en el que dependemos a totalidad del vínculo materno. De infantes, solo queremos que nos quieran y evitar el abandono. Así cuando nos enamoramos. ¿No acaso en las canciones románticas más memorables el amado se tira a los pies de la amada y todo por un poco de amor? Dar todo a cambio de nada es la oferta inicial; una transacción no muy inteligente, por cierto. El compositor Rafael Pérez Botija —en la voz de José José— lo expone mejor que nadie con su canción Me basta, un cántico migajero por excelencia. Y dice: «Me basta con un poco de tu amor, el que tengas escondido, el que nadie haya querido, a mí no me importa no». Claro, estando enamorado, ¿quién se fija en nimiedades?
Al migajero circunstancial no podemos culparlo, ya que la flecha traviesa de Cupido atinó su corazón y solo al de él, lo que hace que intente de muchas formas ganarse los favores de su amada. Si las flechas hubieran sido dos e incidido en sendos corazones, la historia sería otra, una recíproca y edulcorada. Un migajero circunstancial no busca per se las migajas, pero es lo que hay. ¿Irse?, no, para este espécimen la retirada no es opción. Es un romántico que no teme los estigmas sociales y vive alimentado con la promesa de poder abrir el corazón de su doncella.
Entonces, ¿por qué el escarnio sobre este miserable que se mantiene en pie solo con alpiste? La conducta maniática de esta sociedad está empeñada en gritar por todos lados lo feliz que está, pero en realidad intenta acallar el dolor. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, enseña que la búsqueda de la felicidad es la meta de la vida. Hoy, la felicidad es cosa insignificante —con aparentarla basta—, lo importante es no sufrir. ¿Pero cómo ir por la vida sin sufrimiento? ¡Qué locura! ¡No tiene sentido! El paquete viene completo. Para apreciar la felicidad debemos conocer la tristeza, para disfrutar la abundancia la carencia debió guiarnos, y siempre del otro lado de la vida está la muerte. Así con el amor, ¿quiénes somos para decir con soberbia que lo conocemos si nos negamos al martirio del desamor? La gente, vía las redes sociales, critica a cualquiera que se expone al otro. Si un hombre enamorado que sufrió el rechazo insiste, en automático los censores lo señalan de migajero. Si una mujer persiste en su intento de recuperar a quien ama, de inmediato se le asigna una etiqueta similar. ¿En qué momento pedir que nos amen se empezó a ver mal? Después de todo, desear sentirse amado es lo más humano que tenemos.
Grupo 2. El migajero crónico: Todo un caso. Este lo es por naturaleza. No depende de un objeto amado, pues para él todos los objetos son amados y dignos de su entrega irrestricta. Este migajero es parte de aquellos que festejan una felicidad que no han encontrado. Sus post cargados de positividad, sus confesiones mediáticas y bailes tiktokeros funcionan como un ruido para evitar escuchar el silencio que los enfrentará con la realidad: el doloroso vacío que anida en el núcleo de su alma. Por ello, el balance de su historial amoroso está —tristemente— en números rojos. El migajero crónico es un pepenador de afecto que vive de las sobras del mejor postor, no sabría qué hacer con la pieza de pan entera, conformándose con cachitos de ella, con la migas que va dejando el amado por el camino, un astuto Hansel y Gretel que bien sabe como mantenerlo a su lado.
Para los que gustan criticar las relaciones del prójimo, esta taxonomía de circunstanciales y crónicos no ayuda en mucho, para ellos, migajear es migajear. Craso error. El primero no es otra cosa que un enamorado que se ha envuelto con la frazada de la esperanza. El segundo es la frazada misma, un trapo, un objeto para uso y disfrute del otro, un menesteroso emocional que goza vivir de migas. Es cuanto.
POR: Alejandro Ahumada













