EDMUNDO JUAREZ

Crónicas de una ciudad imaginaria

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Posol City por Edmundo Juárez

 

Quica Corcuera desde niña, tenía una fijación: ser una primera dama y vivir de sus rentas. 

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Joana Verush, tenía una voz muy linda, clara, de timbre y agudos poderosos, nunca asistió a clases de canto o solfeo, no tendrían sus padres como pagarlas porque doña Alfonsina no tuvo cabeza para la escuela, Don Rómulo, su padre, tampoco, aunque aprendía con facilidad canciones en su vieja guitarra y las repetía con sincera emoción en las cervecerías del barrio, de su madre, Joana, adquirió la voz por única herencia. Por lo demás, creció igual que todos los demás, con una excepción: no le gustaba las canciones de José José. Al principio le parecían tan llenas de amor y romanticismo igual a su ideal de niñez pero no le duró mucho el sentimiento, su padre salió por cigarrillos y no volvió.

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POSOL CITY
Edmundo Juárez
 
Jonás Dupont, cuando vivió en Zapata, Tabasco, escribió De Incendis Corporis Humani Spontaneis. Era vecino a Nicolle Millet, el primer hombre de quien registró una combustión espontánea.
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Jacinto se quedó mirando el amanecer. Todas las milpas de la ranchería Santa  Lucia de Cunduacán, lo saludan al ritmo del primer silbido de la mañana. Agrandó la playera para cubrir sus piernas del frío, de los mosquitos que despiertan hambrientos y de las hormigas rojas que soportaron, igual que él una noche con el estómago vacío.
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Edmundo Juárez | POSOL CITY
 
A Delia Torruco se había tapizado toda su piel con cientos de puntitos rojos, signo de haber sido habitada por el virus que ocasiona la Chicongunya. Con seguridad su sangre fue contaminada cuando se detuvieron a comer salbutes con salsa verde, en un tendejón repleto de insectos a orilla de rio en Tenosique. Al principio, solo se le trababa la lengua pero luego, simplemente enloqueció. A las dos horas camino a Villa, sentada en el bauprés, colocó al sol en línea recta sobre su coronilla, tiró el paraguas al rio y dijo seriamente: –Yo misma fui quien llevó a los verdugos a la casa de Jonàs, “el vaquero fantasma”. Escuché cuando lo llevaron arrastrando sus piernas por la hierba seca. Vi cuando fue quemado, cuando las llamas lo devoraron sobre el atrio del templo. Escuché lo crujiente de su piel cuando las brasas lo abrazaron. Aún permanece en mi nariz, ese olor de ámbar encendido. Fue tanto el horror, que me aleje y no supe más de la gente, ni de mi pueblo. –iOiga! ¿Y cómo pudo vivir con todo ese miedo en la sangre durante estos años? –le preguntó un pasajero de estatura bajita. Los otros tripulantes del cayuco se quedaron inmóviles esperando respuesta, pareciera que fueran abrazados por un fúnebre silencio que fue roto por una rama cuando golpeó la quilla. La joven miró fijamente al dueño de la embarcación y contestó -¿Y quién dice que estoy viva? –todos en el cayuco guardaron silencio y después de un minuto de haber escuchado esa barbaridad, calmaron la fiebre de esa mujer colocando en su frente, el frio fondo del Grijalva.
 
@chocoashushao
 

              

    

   

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