Crónicas de una ciudad imaginaria

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Beny West nació un martes 13, en Nacajiuston, en el número 13 de la calle principal. Ahí, su abuela Ambrosia, enterró su ombligo pero en vez de ceiba, creció una ferretería de paredes rojas ¡carísima por cierto! Lo que cuento es verdad, bueno, casi, porque en realidad su nombre no era Beny, sino Benemérito y West, pues, tampoco, era Salaya, pero si su madre se hubiera puesto las pilas, seria de los De la Cruz, o de los De la O.

B. West, se consideraba un gran lector y había tomado ese nombre como su seudónimo artístico, lo copió un día que descubrió que sí existían los libros sin monitos, Trevenian, fue el autor que le sugirió el nombre cuando en la página 139 de “Sanción en el Eiger”, el bueno, desapareció.

Era buen alumno, estudioso, no matadillo. Mantuvo buen promedio aun en la universidad, aunque su rostro nunca apareció en el cuadro de honor ni fue miembro de la escolta. Solo tuvo un percance académico con un profesor en la preparatoria, el docente casi lo reprueba pero Benemérito le argumentó citando a Paul Hieders, en la página 41 del “Construcción de Personajes” que, “si los personajes de mis novelas fueran lógicos, entonces serían humanos comunes, y entonces perderían su esencia literaria: la imaginación. El argumento le pareció al maestro, digamos, muy fumado, pero tuvo compasión del chico y con un siete salvó la materia, además que, estaba muy cerca de la jubilación y no quiso lidiar más con “otro chamaco” que pretendía ser la herencia literaria de Cohelo.

B. West, terminó la universidad, ganó un par, solo un par, de premios literarios y consiguió una novia que lo traía tan loco, que no leyó el capítulo 3 de “Salud reproductiva”, y luego de tan nervioso por su próxima paternidad, que pasó por alto de la página 50 a la 63 de “Mis primeros pasos, manual para primerizos” y ya ni mencionar que dejó sin abrir el manual de la OMS “Donde no hay doctor” que la tía Eufrosina le regaló cuando B.W Junior, enfermó de dengue por primera vez.

Su esposa, Bety Stornic, aunque no sabía leer muy bien, si le “leyó la cartilla” de “pe a pa” cuando la despensa empezó a aumentar de necesidades y Beny West, consiguió un empleo formal como encargado de la biblioteca del pueblo, que para él fue como un sueño cumplido al verse rodeado de libros, subía y bajaba estantes, acomodaba y desacomodaba a placer las fichas bibliográficas, era como vivir dentro de su propia feria del libro, y entonces leía todo, bueno casi de todo porque no supo leer los ojos de La Bety Stornic y para cuando se dio cuenta de su insensibilidad, bajó la mirada pero no de pena, sino para leer el acta de divorcio y fue tanta su tristeza, que no leyó las letras chiquitas donde el abogado de la dama, había escrito que el 60% de pensión era apenas una compensación básica, de por vida.

B. West se cambió de casa, de ciudad y en su nuevo trabajo en un cuarto piso, recibió una copia certificada de esa acta, pero ya no era necesario leerla, había aprendido de memoria que en esas hojas no se llamaba Benemérito, ni Beny, era simplemente “el proveedor”. Suspiró profundo, cargo entre sus brazos diez kilos de papel para archivar y se acercó a la ventana para ver si podía leer en la nubes algún mensaje de esperanza, de tranquilidad en el futuro, pero caminaba tan ensimismado, que no leyó el letrero que decía “ventanal en reparación” y cayó al vacío, cayó de espaldas al piso, viendo como el cielo se alejaba y una nube de archivo muerto cual palomas blancas flotaba lentamente a su alrededor…      

 

              

    

   

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