Crónicas de una ciudad imaginaria

b_420_0_16777215_00_images_punto-de-vista_edmundo_edmundo.jpg

POSOL CITY, por Edmundo Juárez

 

Juan Pérez Méndez llegó muy tarde a la central de autobuses, aunque salió temprano de la ranchería Aztlán 2ª, la gente vuelta loca con los preparativos de fin de año, le hicieron cambiar su ruta varias veces. Trabajaba de asistente técnico en la vulcanizadora de su abuelo y aunque sabía que era su única herencia, él se negaba en trabajar de tiempo completo. 

"Año nuevo vida nueva", esa frase se repetía en su cabeza y le hacía soñar viviendo frente al mar, en cualquier playa. Trabajó sin parar dos semanas, sin gastar más de lo necesario y cuando estuvo de frente a la taquilla, vio la lista de ciudades y el precio para ir a ellas, se dio cuenta que había ahorrado para viajar dos veces al lugar más caro en distancia. Pero el destino le negó boletos a cualquier lado, todos los asientos estaban ya ocupados, y no había posibilidad de hacer nuevas corridas por falta de choferes, incluyendo los de "segunda" para regresarse a su ranchería. Tampoco halló taxis, ni pochis, y se quedó meditando "esa señal" a mitad de una sala de espera vacía. Y llegó entonces en año nuevo, llegó con lluvia, él imaginó que eran los besos precisos para la tierra seca de invierno tabasqueño, para los caminos quebrados por ese ir y venir del intenso sol que opacaba el tono de las casas blancas, el anuncio luminoso de la vulcanizadora y se quedó viendo en el cielo como estallaban sin fuerza los cohetes, la pólvora, las nubes negras viajando lentas y seguras en la negra noche. Sonaron las campanas de catedral a las doce en punto y en la calle vacía, cucarachas y ratones salieron al asfalto a buscar la cena de año nuevo.

Juan Pérez después de comer dos hot dogs y una Fanta, se quedó dormido acomodando sus ciento veinte kilos en tres sillas. Soñó con el mar, con descansar los domingos sentado en un muelle, con una hamaca colgada de una cabaña, soñó con Chari, esa mujer dices años menor que él que hasta hacía un  meses le decía que lo amaba, y justo cuando el subconsciente le haría recordar el momento cuando ella se fue de su casa, el vigilante lo despertó con enérgicos movimientos —¡Arriba joven, son las seis de la mañana¡ —le dijo.

Juan pagó los seis pesos para entrar al baño y lavarse la cara, se acercó nuevamente a la taquilla donde la chica detrás del cristal movió la cabeza negando lugar, hasta las diez de la noche. Él suspiró con pesadez, y se fue caminando con lentitud hacia los taxis para regresar a casa y ya en el camino piensa que quizás en el mar se necesitan más lancheros que vulcanizadores...

 

@chocoashushao

 

              

    

   

{loadposition date}