Crónicas de una ciudad imaginaria

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Cutberto Zentella corrió con rapidez hasta la orilla del techo de las casas de la calle Libertad, era una ágil sombra que avanzaba sobre banqueta de la única calle sin baches de todo Tamulté.

 El cordel de su papalote se había roto justo cuando logró ser el primero en besar el cielo, acariciar el azul del universo con esa extensión de su mano. Se rompió así nomás, y eso fue muy extraño porque de niños, todos sabíamos que se puede romper una mano, la cabeza, la nariz, pero no esas conexiones de amor entre los infantes y el azul infinito.

Yo lo vi, lo vimos todos cuando el cordel avanzó con rapidez avisando del fin de su existencia, cuando el ultimo centímetro de su sombra piso la línea de viejas tejas azules. Supe como tiemblan los papalotes, no de frio por besar las nubes, si no de miedo porque caería en segundos al techo de cualquier otra casa que no fuera donde había nacido. Dos varas de madera cruda y tres pliegos de papel de china le dieron cuerpo y el cordón umbilical hecho de cáñamo de tres hilazas, le dieron sentido a su existencia. No, no debería romperse a libre albedrio. La ventisca de estío le dio vuelco inesperado y estuvo dos segundos de cabeza, parecieron una eternidad. El papalote pudo ver los colmillos de un perro debajo de él, esperando por regresarlo de ser un bello lienzo flotante de colores orientales a ser un simple trozo de papel para limpiar las heces. Otra ventisca y vio una segunda muerte dentro de la boca del horno del panadero. De cualquier forma terminaría siendo abono para el césped.

Lo vi llorando ante la pérdida de su papalote morado con franjas rojas, barbas amarillas de potente esqueleto, varas de madera fabricadas a punta de navaja y lija. Vi iluminar su rostro al expandirse el brillo de sus ojos cuando a lo lejos papalote empezaba a caer, nunca supimos cuantos metros de cordel había usado, pero yo sé que fueron tres domingos de ahorro.

Todo el cielo sobre Villahermosa vio como la fiereza de todos sus ocho años vividos le impregnaron a sus piernas el vigor para impulsarse hacia el vacío y corrió tan rápido, que a nadie le dio tiempo para decir nada y entonces, mi hermano voló tan alto como las aves, mejor que los aviones de papel supersónicos, tan libre como los canarios de la abuela al dejarles la reja abierta y se quedó flotando en el aire en la eternidad de mi memoria, con una sonrisa triunfal en la boca y su papalote también sonreía con todas sus barbas abiertas como si fuera un sol morado de papel. Ambos fueron dueños del viento, del aire y del tiempo.

Ayer lo vi, no lo soñé, tenía una mano cortada por la fricción del cordel en su palma, una rodilla hinchada y una venda en la cabeza, pero sé que el dolor no le importó cuando vi que su papalote, con ese amor que brindan los hijos que regresan a casa, lo abrazaba…

@Choco_ashushao

 

              

    

   

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