Crónicas de una ciudad imaginaria

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Aunque no llegó a “Miss Universo”, tampoco a “Flor de Tacotalpa”, María Antonia Tuk Capellini o Toñita Tuk desde los veinte años y hasta los noventa que vivió en su ranchería natal, orgullosa, nunca salía de su casa sin antes colgarse al cuello la medalla y el anillo, bañados en oro de 18 kilates, que le otorgara el presidente municipal cuando, a su bello rostro y a esa nariz respingada, le fueran otorgados los títulos “Señorita Cacao” y “Señorita Simpatía”, en dos años consecutivos. 

El primer título nadie lo dudaba aunque, a pesar de que todos sus vecinos y sus padres Don Tirso y Doña Josefa no eran muy agraciados y eran más morenos que la tierra ardiente de su patio donde crecía todo menos comida, ella era muy diferente a los demás: era la única mujer de piel blanca y ojos claros. Cuando nació, parecía un haz de luz en medio del fondo del mar, lo cual le trajo conflictos a Don Julián, capataz de la Finca Cacaotera, porque todos en la ranchería sabían que había cortejado a la madre de Toñita en su mocedad, asunto que se resolvió cuando el patrón le adelanto dos aguinaldos para que pudiera pagar la prueba de ADN.

Del otro título, muchos, hasta su misma madre, lo dudaba y es que, Toñita tenía un genio que ¡ah diablos!, si hubiera aprendido a leer y esta columna cayera en sus ojos, habría ido ya corriendo a quemar la oficina de la jefa de edición. La Toña cuando hacia coraje, hervía su lengua dentro de su boca como el mar de “Pico de Oro” cuando echa espuma en la playa. Sus ojos se hacían un par de soles al caer cualquier tarde de mayo, y su lenguaje folklórico, parecía recobrar el espíritu de toda la humanidad de aquella tarde cuando sufrimos el no entendimiento el fatico día cero en la torre de babel.

Debido a su bello cuerpo digno de la envidia de cualquier reina olmeca, fue perseguida y llena de regalos por todos los hombres de la comarca, sin embargo, ninguno de los amorosos duraba más de un mes de noviazgo. Y ella decidió esperar muy paciente al mejor hombre que pudiera ser el padre de sus hijos pero su error (en caso de que, para usted querido lector, el matrimonio lo sea), fue esperar dentro de la misma ranchería donde nunca nadie llegaba, es más, todos los hombres se fueron yendo uno a uno, y cuando el tiempo de las hormonas llegó a su máxima e incontrolable expresión, en mal conjunto con la maternidad ausente y la belleza de sus facciones de indígena, mestiza argentada, todo ello y sus recuerdos, se colocaron súbitamente en su cadera y con cien kilos de belleza sobre sus rodillas, alentaron su paso por las calles haciendo que el sol de Tabasco cambiara la pigmentación de su blanca piel adoptando, por  fin, la herencia de sus padres. Su andar fue entonces muy lento cuando la vida aumentaba frente a ella su velocidad.

Una semana antes de morir, la vieron caminando en exagerada cámara lenta frente a la tienda donde ofertaban televisores, en realidad ella se detuvo ahí, tenía todo el tiempo del mundo para ver como coronaban a una mujer de piel obscura como reina de belleza del planeta. Cerró los ojos aun verdes como la mujer de la pantalla digital, suspiro, y se fue a casa pensando que tener la piel blanca y los ojos verdes, nunca fueron para ella y para sus vecinos de la ranchería, sinónimo de felicidad...

 

@Choco_Ashusaho

 

 

              

    

   

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