La poesía es también filosofía: nacer es existir

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Cuántas voces colman lo que somos, cuántas veces la gota perfora la tierra para entregar las plegarias a las almas que se han librado del cuerpo, acaricia la realidad como lo hace nuestra percepción. Si la poesía está en las cosas, y de las cosas se hace filosofía para llegar a sus causas primeras, a sus raíces que hallan verdad en un motor inmóvil, podemos decir que poesía y filosofía son hermanas siamesas. 

Ya lo diría Carlos Pellicer: “esta es la parte del mundo en que el piso se sigue construyendo. Los que allí nacimos tenemos una idea propia de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo”. ¿Dónde es allí? Nacemos, luego existimos. Nacemos con un cuerpo y un alma. Somos materia y forma. Estos son los terrenos del hilemorfismo, de Aristóteles y todos sus sentidos. Nacemos para escribir lo que somos, para descubrir la realidad, pero, ¿qué es la realidad? Lo dice el mismo poeta tabasqueño, nacido en un enero como este, pero de 1897: “la realidad es cosa mía, es decir, lo que usted nunca verá”. Entonces hablamos de realidades, no de realidad, así como ocurre con la verdad. La verdad del otro está velada para mí, así como el ser antes de haber nacido.

Nadie puede vernos hasta que nacemos. Amado Nervo lo advirtió: “el cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible. Todo nacimiento es una aparición”. Encontramos en estos fragmentos tesoros de sabiduría, no sólo belleza lírica. Nacemos, aparecemos al otro, y durante el tiempo que dura nuestra vida, se nos presta, encomienda, un vestido para el espíritu, un ropaje que permite mirarnos los unos a los otros. Mirar es existir, es contemplar la existencia del otro. Y es que, cada día nacemos, nacemos para vivir, para morir y trascender.

Nacer es aparecer, aparecer es existir. El vínculo que posee la reflexión y la belleza reside en las cosas, ahí ambas viven y se respiran, para contemplar el ser, el amor, el cuerpo que es un alma arropada que nuestros sentidos pueden percibir y nuestro espíritu tocar. Tal como lo comenta el excelso poeta y filósofo Ramón Xirau: “la poesía puede y frecuentemente es deseo de altura. También al ascenso aspira frecuentemente la filosofía”. Esto permite celebrar una fiesta en el templo de nuestra alma, el templo que es el cuerpo. El templo que es “presencia sagrada como pueden ser el árbol y la casa los ejes del mundo. Pueden serlo también pueblos, ciudades y pueden serlo esta hoja verde, esta nube clara, tan precisas y al mismo tiempo misteriosas”.

Así de misteriosa es la vida, el mundo al que somos arrojados en una aparición espiritual, corporal, existencial, para ser y estar, aquí y ahora, contemplando las cosas y reflexionando sobre su belleza, su razón de ser, de ser la realidad cuyo sentido quizá jamás nos pertenezca. Sin embargo, en ese mismo sinsentido, en ese devenir, en esa falta de comprensión y necesidad de verdades, en esa hambre de ser, conocer y existir, nace la palabra como la mediadora entre el hombre y las cosas, entre el alma y el cuerpo, entre el lenguaje y el pensamiento, porque la poesía es también filosofía, porque: ¿qué es primero: el alma o el cuerpo, el pensamiento o el lenguaje, el sentir o el contemplar?

Querido lector: ¿Qué te hace ser? ¿Qué te hace existir? ¿Qué te hace nacer? ¿Cuántas veces has nacido? La poesía te hace nacer, la filosofía te ayuda a descubrir que has nacido, y ambas están al alcance de tu mano para que puedas contemplar, aprehender, dialogar, sentir tu realidad. Carpe diem.

 

@nihilvia

 

              

    

   

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